Esa cosa bonita

10.07.2016 | Opinión

Cada año, la Diputación de Barcelona cede al Ayuntamiento de la ciudad una cantidad millonaria, que este ha venido dedicando a obras culturales. Por ejemplo, a la construcción y puesta en marcha del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, uno de nuestros equipamientos de más acusada personalidad. Pero este año los recursos van a tener otro uso. El Consistorio ha decidido invertir los 28 millones recibidos en infraestructuras: en las obras del túnel de la plaza de las Glòries.

No voy a decir que esas obras en Glòries son innecesarias. Ni que la aportación de la Diputación no es bienvenida: la reordenación de aquella área urbana va a consumir muchos fondos y amenaza con prolongarse largos años. Así pues, todo lo que contribuya a dinamizarla es positivo. Tampoco diré que la prioridad sea ahora en Barcelona construir nuevos museos, por más que algunas expresiones artísticas en las que la ciudad ha destacado, como la arquitectura o la fotografía, carezcan todavía de un centro de referencia. Pero no faltará quien opine que el mensaje enviado por la actual administración municipal al destinar el tradicional fondo ­cultural de la Diputación a obras infraestructurales dice así: no tenemos un gran proyecto cultural prioritario; y, por extensión, no consideramos la cultura un elemento central de nuestro mandato.

En materia cultural –y, de manera especial, en el apartado de la creación de museos– la Generalitat convergente exhibió políticas mucho más proactivas durante sus largos y pretéritos años de hegemonía. Bien es cierto que guiadas por un doctrinarismo sólo apto para escolares muy tiernos y para creyentes. Pero también caracterizadas por una mayor atención y generosidad. A veces, incluso, por una aplicación de carácter urgente. Para los convergentes, la cultura era muy a menudo un instrumento de propaganda nacional. Sólo así se explica que el Museu d’Història de Catalunya fuera ideado en 1993, construido en tres años e inaugurado en 1996 en los antiguos tinglados portuarios, pomposamente denominados ahora Palau de Mar. Sólo así se explica que, en plena crisis económica, la Generalitat invirtiera decenas y decenas de millones de euros en la recuperación del Born, en vísperas de los fastos del tricentenari de 1714, para convertirlo en lo que algunos preclaros militantes denominaron como “la zona cero del nacionalismo catalán”. Ni en un caso ni en otro se escatimaron recursos, pese a que la operación MHC se desarrolló en los años en que el Museu Nacional d’Art de Catalunya, buque insignia de la red de museos catalanes, permanecía parcialmente cerrado –no se dio por terminado hasta el 2004–, y pese a que ese mismo centro, en el 2014, año del tricentenari, llevaba, como sigue llevando ahora, una vida apagada por falta de medios para montar exposiciones de cierta ambición.

Efectivamente, hay distintos modos de aproximarse a la cultura desde la política. Ignorándola o relegándola a segundo término, por ejemplo. O empleándola como arma de brega política y doctrinaria. Pero diría que hay otros modos, y que son mejores. Quizás por ello me impresionaron tan gratamente las palabras de Sadiq Khan, primer alcalde musulmán de Londres, durante la reciente presentación de la New Tate Modern. “Mi idea de la cultura –dijo Khan ante medio millar de periodistas, en la sala de turbinas de la Tate– no se reduce a la de esa cosa bonita que nos gusta tener o practicar. La cultura va a tener un papel central durante mi mandato, junto a la promoción de la vivienda social, el cuidado del medio ambiente y la mejora del transporte. (…) Vamos a integrar la cultura en nuestra planificación general, porque la cultura contribuye de modo esencial a hacernos mejores personas. (…) Creemos un Londres donde la cultura lidere”.

Este concepto de la cultura que propugna Khan, en tanto que elemento de crecimiento y liberación personal, es más que plausible. Como hemos visto, la cultura tiene otras aplicaciones, que van desde la infrautilización hasta los usos doctrinales, ambos desaconsejables porque desaprovechan su fuerza como factor de crecimiento personal o la privan de su elemento liberador. Pero tiene, asimismo, una faceta económica de peso: según datos del 2015, en España el sector de actividades culturales (sin contar las vinculadas a la propiedad intelectual) factura 26.000 millones de euros anuales (2,5% del PIB nacional) y emplea a medio millón de personas, el 3% de la ocupación total. Tiene, obviamente, un valor educativo sobre el que no abundaremos. Tiene un valor como herramienta de cohesión social. Y, según estudios estadísticos, opera positivamente sobre la salud colectiva.

Todas estas son buenas noticias. Pero quizás lo sea más que la cultura, esa cosa bonita, puede practicarse en privado en días vacacionales sin necesidad de aportaciones institucionales, grandes museos, soflamas nacionales o contribuciones de peso al PIB. Basta con un libro, una sombra y ninguna prisa. Que lo disfruten.

 

(Publicada en “La Vanguardia” el 10 de julio de 2016)