Entre la ilusión y el comercio

18.09.2016 | Opinión

Las crónicas del último Onze de Setembre describieron con detalle la ambigüedad de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona y aspirante a liderar una izquierda alternativa catalana. Acudió a los actos de Sant Boi y Barcelona, pero prefirió situarse en segundo plano, evitando las fotos junto a esteladas y líderes del Procés. Quiso estar, pero, paradójicamente, su objetivo no era sumarse como una más al festejo, sino marcar perfil propio y evitar ser asimilada.
El modo en que Colau se relaciona con el movimiento independentista está ciertamente caracterizado por la cautela y el cálculo. Se deja querer, pero sin llegar a consumar. Sabe que el independentismo ve en ella una fuerza política apetitosa, necesaria para aumentar sus apoyos todavía insuficientes. Pero, al tiempo, Colau se cuida mucho de ser fagocitada, porque tiene su propia agenda política, y en ella no prima el logro de la independencia.
El caso Colau ilustra, entre otras cosas, cómo la independencia, que nace de un despecho alimentado por la inflexibilidad mineral del Gobierno y se presenta como una ilusión colectiva y de materialización imperativa y urgente, se ha convertido también en una moneda de cambio. Este sueño de la independencia alienta en parte de la población catalana (concretamente, en un 47,8%). Algunos se integran en él, gratia et amore, llevados por el mencionado despecho o por el sentimentalismo. Y prodigan cursilerías del tipo “hagámoslo por los que ya no están y por nuestros hijos” (lo que a mí me retrotrae –discúlpenme– a los tiempos en los que en el Barça dirigido por Josep Lluís Núñez votaban los socios muertos). Pero otros, más pragmáticos, invierten en ella parte de su capital político, ya sea para sacarle un rendimiento finalista o para retirarse cuando les parezca más oportuno y realizar beneficios en divisa de su elección. Es la ley de la economía: cuando hay demanda, alguien le saca provecho a la oferta. Y en Catalunya hay ahora una obstinada demanda de independencia y una insuficiente oferta de independentistas.
Desde luego, el caso Colau no es la primera ilustración de lo dicho. Antes hubo otras. Porque desde que Artur Mas asoció la suerte de su partido –antaño “pal de paller” de Catalunya, y hoy una entidad en caída libre electoral, sin nombre ni futuro prometedor–, todo en la política catalana parece orbitar alrededor de la independencia y, en particular, de los comercios que propicia. Y porque, entre los fieles a la causa, todo lo que contribuya –o parezca contribuir– a la independencia se da por bueno y se compra sin chistar. Aunque cueste lo que cuesta.
Muchas de las iniciativas políticas que nos han llevado adonde estamos son hijas de esa empecinada prioridad, más que de la sensatez, del anhelo de cohesión social o de la visión conjunta de futuro que deben guiar la gestión de la cosa pública. Sólo así se explica que los principales cargos políticos catalanes –presidencia de la Generalitat, presidencia del Parlament, etcétera– estén ocupados ahora mismo por activistas, aparentemente ajenos a la complejidad del mundo actual, y que no parecen tener más que una idea in mente. O que dos activistas de pedra picada, como son los máximos representantes de la ANC y de Òmnium Cultural, parezcan mandar tanto como los mencionados cargos públicos pese a no haberse sometido a las urnas. O que la fuerza mayoritaria en el Parlament sea un Frankenstein político, un recosido de dos partidos que, en realidad, son rivales irreconciliables, cainitas, y sólo coinciden al impostar una armonía inexistente. O que los grandes medios públicos de comunicación hayan olvidado cualquier afán de imparcialidad. O que un grupo antisistema, pero doctrinariamente independentista, haya marcado el rumbo de la política catalana, liquidando de paso a quien, desde la Generalitat, se presentó como el gran timonel de la travesía a Itaca.
Además de un justificante para cualquier decisión, ya sea acertada o errónea, la independencia se ha convertido en un supremo valor de cambio, tan rígido como indiscutible; en un bien sujeto a comercio, como antes lo fueron las materias primas y los productos industriales o financieros; en un bien con el que se mercadea, y por el que se ofrece y se paga lo que se tiene y lo que no se tiene.
Hemos hablado, en este sentido, de los negocios políticos que se trae entre manos Colau. Podríamos hablar también de los que convirtieron a Gabriel Rufián en mascarón de proa de Súmate y en atracción parlamentaria. O de las ventajosas transacciones que impone la CUP. Todos ellos nos son presentados como grandes catalanes que cotizan al alza. Pero en la bolsa del independentismo, como en la convencional, el valor de cotización no se corresponde siempre con el valor real. Quizás sea también por eso que la Diada, pese a su ruidosa promoción, no va a más.

(Publicado en "La Vanguardia" el 18 de septiembre de 2016)


En Catalunya hay ahora
una obstinada demanda de independencia y una corta oferta de independentistas