Un chaleco reflectante de color verde flúor ante un retablo barroco colmado de dorados y florituras. Chocante contraste. El chaleco lo viste, a manera de sobretodo, una peregrina alemana. El retablo es el de la iglesia de las Madres Benedictinas en Sahagún. Y la ocasión que reúne guarniciones tan dispares es la bendición del peregrino que a diario se oficia en dicho templo. Concretamente, la del pasado domingo. Cantaron en esta ceremonia, con más devoción que arte, las monjas de la casa. Algunas de edad avanzada, la mayoría jóvenes, varias de ellas de raza negra, incluida la organista. Sus pulcros hábitos contrastaban con la indumentaria informal, ya desastrada tras días a la intemperie, de quienes recorren el camino de Santiago y, a su paso por esta villa leonesa, asisten a la ceremonia en busca de amparo divino. El chaleco reflectante puede ayudar a evitar atropellos. La bendición, al decir de quienes creen en la salvación eterna, también.

Circulando por el Camino, se nota que los tiempos han cambiado. El peregrino vintage de barba, sayo y cayado –decenios atrás, aún se veía alguno– es ya una rareza. Ahora desfila por el Camino una discontinua hilera de personas que empuñan bastones de trekking y parecen vestidas de pies a cabeza en una tienda de deportes. Abundan los que peregrinan guiados por la fe, por una promesa, por el afán de superación personal o de viaje interior. En silencio y ensimismados. Pero abundan más los que avanzan en grupo, charlando entre sí, en un ambiente de camaradería. O hablando sin pausa por el teléfono móvil, como si la batería fuera infinita. Y equipados además con una cámara Go-Pro sujeta a la hombrera de la mochila, que les permitirá recuperar de vuelta a casa los paisajes desdibujados en ruta por las interferencias del mundo exterior.

Los paisajes son ciertamente hermosos a lo largo del Camino. A veces exigentes, a veces desnudos y monótonos, a veces afeados por la cercanía de una capital rodeada de polígono industrial. Pero por lo general invitan a recuperar la detenida y gozosa contemplación de la naturaleza, de sus colinas y sus valles, de sus árboles y sus pájaros. Dicho esto, y a riesgo de sonar un poco cursi, afirmaré que el mejor paisaje es el humano. La exposición a las inclemencias meteorológicas, la fatiga física y  la ocasional soledad reavivan en los caminantes un espíritu fraterno y solidario que no se da –o se da poco– entre los habitantes de la gran urbe o entre sus turistas. Pienso, por poner un ejemplo contrario, en los turistas que vi horas después de regresar del Camino, en el paseo de Gràcia de Barcelona, haciendo cola para entrar en una tienda de lujo. Casi todos ellos entretenían la espera juzgando de reojo la indumentaria –invariablemente patética– de sus iguales; es decir, su idoneidad para ser admitidos en el supuesto templo de la elegancia. Mientras, un portero les miraba a todos con desdén, desde el otro lado de la vidriada puerta de acceso.

Los peregrinos del Camino son de otra pasta, tienen otros anhelos, se auxilian siempre que pueden, a pesar de venir –tres de cada cuatro son extranjeros– de mundos muy distintos. Los 278.041 oficialmente contabilizados el año pasado procedían de 146 países, empezando por Alemania, Italia, EE.UU., Portugal o Francia. Sin olvidar a los japoneses, que aportan un toque exótico cada vez que saludan a otros peregrinos con un preceptivo “buen Camino” de acento oriental. Uno tiene la sensación de andar siempre entre amigos. O casi siempre. En lo alto de una cuesta, pregunté retóricamente a una andariega que resoplaba si venía de lejos. Me dijo que venía de Saint-Jean-Pied-de-Port y se dirigía a Santiago. Al enterarse de que mi Camino iba a durar sólo tres días, me echó una mirada reprobatoria y se fue.

Si los peregrinos parecen, salvo excepciones, dispuestos a ayudar, las personas que atienden albergues y hoteles, bares y restaurantes, suelen ser de una amabilidad extrema, que ya no se estila en las ciudades. Un jefe de personal podría imaginar que ganarse la vida en comarcas agrícolas progresivamente despobladas y sin recursos sobrados les obliga a impostar maneras samaritanas. Pero, con toda probabilidad, se equivocaría. Porque tal actitud parece tan sincera como afectuosa, cálida, servicial y, vistas las tarifas en vigor, generosa y desprendida. Además de genuinamente amistosa. Tanto es así que, tras hacer noche en un albergue, llegada la hora del adiós, uno siente el impulso de darle un abrazo o un beso a quien le ha atendido, como se lo daríamos a un familiar. Y al poco de retomar el Camino uno concluye que los chalecos reflectantes y las bendiciones benedictinas están bien, pero que la mejor manera de salvarnos quizás pase por salvarnos un poco más los unos a los otros (en lugar de ir todo el día a la greña). A ser posible, en esta vida, sin aguardar a la eterna.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de junio de 2017)