Los registros y detenciones del miércoles fueron tan previsibles en términos judiciales como contraproducentes en términos políticos. El modo en que se practicaron ha molestado a amplios sectores de la sociedad catalana. A los manifestantes que rodearon la Conselleria d’Economía les irritaron mucho, claro. Pero también a muchos otros que no  bajaron a la calle. Por ejemplo, a los que en la zona alta de Barcelona se sumaron a la cacerolada de protesta. O al público del Liceu que cantó en pie Els segadors; no se veía tanto alboroto en el teatro desde que Bieito estrenó Un ballo in maschera con detalles escatológicos o sodomitas.
La idea de la emancipación ha ganado seguramente adeptos en Catalunya por el episodio correctivo del miércoles, visto como humillante para las instituciones de aquí. El catalán, además de trabajador e industrioso, es muy sentido. Eso le lleva a revolverse ante lo que cree injusto u ofensivo, a veces con mesura, a veces sin. Puede entender que se investigue a un político por  desobediencia, prevaricación o malversación. Pero lo de enviar a la Guardia Civil a las conselleries para que las registre y detenga a funcionarios, por más conchabados que estén con Junqueras, no suele gustarle. Lo que se ha logrado mientras se trataba de desarmar la logística del referéndum ha sido hacer subir la marea emancipatoria.
Dicha marea parecerá a algunos un buen lubricante para la máquina independentista. Pero refleja otro fenómeno, ya reiterado en Catalunya, que anuncia una sociedad desfibrada. Siguen unos ejemplos. El PDeCat, al aliarse junto a ERC con los antisistema de la CUP, se emancipó de buena parte del que había sido su electorado natural, sumiéndolo en la orfandad. Hace ya tiempo que las entidades soberanistas nacidas para apoyar a los partidos nacionalistas se emanciparon de ellos (con su pleno consentimiento, puesto que les cedieron la iniciativa). El comité en la sombra que pilota las estrategias del Govern es un caso de libro de emancipación de cualquier control público. No debe descartarse que los manifestantes que estos días ocupan la ciudad acaben emancipándose de las entidades que les convocan. En fin, si me permiten, incluso yo me siento víctima de una doble emancipación, la que han ejercido el Gobierno y el Govern, al dejarme tirado día sí día también.
La emancipación –la liberación de una dependencia– es una práctica contagiosa e infinita. Es un concepto sugerente, juvenil, asociado a la libertad y las expectativas felices. Pero presenta algunos inconvenientes. Suele desafiar al orden convivencial e incluso a la ley. Va dejando tras de sí a mucha gente abandonada. Va atomizando y desestructurando la sociedad. Va alejando –¡ay!– la posibilidad de regirla con normas consensuadas por todos. Y, a modo de guinda, fomenta la falsa ilusión de que en este mundo enfrentado a urgencias globales es posible ser realmente independiente.

(Publicado en "La Vanguardia" el 24 de septiembre de 2017)