Elogio de una mendiga

27.01.2013 | Opinión

Uno espera encontrarse a cualquier tipo de difunto en una sección de obituarios. Científicos, deportistas, cardenales, presidentes de gobierno e incluso tesoreros de partido (si han afanado lo suficiente). Pero uno no espera encontrarse a mendigos. Y, sin embargo, eso es lo que fue Pam Jennings, despedida esta semana en la sección de necrológicas de “The Daily Telegraph” con dos columnas, cariñosas y un punto melancólicas. La pregunta es: ¿qué tiene que hacer una mendiga profesional -y beoda- para ganarse ese cariño? ¿No son los mendigos, en general, un incordio? Leo el obituario de Pam en busca de respuesta y me entero de que su especialidad era rondar por los bares del Soho londinense gorreando copas. A esta virtud añadía las de fumadora compulsiva y ludópata adicta a las tragaperras y las carreras de galgos. Ahora bien, su gorreo era de cierto nivel. Pam resultaba persuasiva, risueña (a riesgo de mostrar su dentadura mellada) y chistosa. Aunque también pragmática: tras sacarle una copa a su objetivo de turno, agradecía el líquido óbolo y partía rauda en pos del siguiente. Se comprende: tenía sed y era una profesional en lo suyo. Tras años de patrullar, halló entre los parroquianos de las barras del Soho el clima fraternal del que carecía en su pensión. Y se convirtió en una figura entrañable.

¿Qué nos hace dignos de recuerdo, de pervivir en la memoria de los demás cuando la parca nos lleva? Por supuesto, la contribución que hayamos podido hacer al conjunto de la humanidad. Los avances científicos o tecnológicos, las gestas cívicas, los progresos sociales, las canciones que marcan una educación sentimental, los vinos redondos… y cualquier otro legado digno de gratitud y recuerdo. Por desgracia, no todos sabemos producir maravillas. Ahora bien, todos podríamos ser más amables, hacer las cosas mejor -cualquier cosa, mendigar incluso-, regalar una sonrisa a tiempo, engrosar la parte agradable del paisaje del prójimo. O sea, actuar de modo opuesto a los corruptos que ahora asuelan la escena pública. Hay seres a los que despreciamos por su posición, y otros a los que respetamos por la misma razón. En ambas ocasiones podemos equivocarnos. La dignidad no viene con el cargo: se gana -o no- en él. Pam se hizo querer y no defraudó. Cuando empezó su fracaso hepático y se le puso la cara amarilla como a un Simpson, siguió rondando sin queja, como de costumbre.

Pam Jennings era una mendiga, una alcohólica, una sablista. Y, sin embargo, ha dejado un rastro de cierta calidez a su paso por los antros del Soho londinense. Eso no redime una vida de escasa ambición y utilidad, claro está. Pero le ha granjeado un adiós emocionado. Una web londinense, en la que escriben varias de sus víctimas habituales, la ha enterrado como sigue: “Descansa en paz, Pam. Beber en el Soho sin ti será más barato, pero menos divertido”.

(Publicado en “La Vanguardia” el 27 de enero de 2013)