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Elogio de la aventura creativa

07.09.2013 | Crítica de arquitectura

Sin que sirva de precedente, en lugar de presentar un edificio de reciente factura, como es norma en esta sección, hoy hablaré a propósito de una obra histórica: la casa Ugalde, de J.A. Coderch de Sentmenat, terminada hace más de 60 años. Podría justificarlo de varios modos. Por ejemplo, diciendo que mantiene la frescura del primer día, que es una excepcional vivienda unifamiliar –entre las mejores del siglo XX– o que este año se conmemora, con sigilo oficial digno de mejor causa, el centenario del nacimiento de Coderch. Pero quizás la mejor justificación sea que vale la pena volver a la casa Ugalde porque es un paradigma de aventura creativa compartida.

Durante los últimos años, la escena mediática ha estado dominada por la arquitectura icónica: la que producían los “star architects”, por lo general reiterando una y otra vez un lenguaje arquitectónico, hasta convertirse en vendedores de marca, en franquicias de sí mismos, en productores de obras previsibles. De ahí hemos pasado a otro extremo, el de la arquitectura casi monástica, en que prima la contención del gasto sobre otras virtudes. Y como omnipresente ruido de fondo, en una época y otra, ha dominado la arquitectura sin interés, firmada por profesionales sin alma y levantada por constructores sin corazón, cuyo principal afán era maximizar los beneficios.

La casa Ugalde, colgada a cien metros de altura sobre el mar de Caldetes, con sus célebres “vistas estupendas”, es precisamente lo contrario: un ejercicio de libertad, guiado por la petición de un cliente cultivado, que sabía lo que quería y quién podía proporcionárselo. Como apuntábamos antes, una aventura creativa compartida. Así la definió Coderch: “Es una casa que me han dejado proyectar libremente, pero basándome exactamente en las instrucciones de los propietarios”. Esos son los auténticos cimientos de un buen proyecto. Y eso es también algo que puede comprobar quien visite la Ugalde: sobre un terreno en pendiente, y organizando una planta radial para mejor disfrutar las vistas, Coderch adaptó la casa a la topografía, respetando los árboles preexistentes. El resultado es una colección de volúmenes rectilíneos, dispuestos ante un bajo muro de contención de línea sinuosa. Nadie había hecho nunca una casa como esta y nadie la volverá a hacer. Y, sin embargo, la Ugalde se ha convertido en un ejemplo de todo lo que puede dar de sí un gran arquitecto cuando topa con un buen cliente y trabaja sin trabas, olvidándose incluso de su obra anterior, de sus tics, pensando tan sólo en sacarle el máximo partido al solar y al encargo para lograr la mejor arquitectura posible.

La Ugalde ya es una casa sesentona. Pero su lección sigue iluminando a cuantos creen que la arquitectura es una aventura de la creación, que puede empezar de cero con cada nuevo proyecto y, alguna vez, terminar con una obra memorable.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 7 de septiembre de 2013)