IHan pasado ya sesenta años desde el estreno de Agente 007 contra el Dr. No, la primera película de James Bond. Y tan solo un año desde el estreno de Sin tiempo para morir, la última hasta la fecha. En total, han sido 27 filmes, siempre con trama similar: un villano trata de dominar el mundo, pero Bond, afrontando peligros insuperables para cualquier otro ser humano, se lo impide. Hasta que aparece el siguiente. Porque siempre hay otro villano aguardando su turno. Así en el cine como en la vida.
La invasión de Ucrania presenta algún parecido con un guion de Bond. Sobre todo, en lo relativo a la psicopatología del villano, en este caso Vladímir Putin. El presidente ruso no tiene necesidad de caracterizarse con parches en un ojo, ci­catrices que le cruzan el rostro, dentaduras­ de acero o melenas rubias de bote. Putin es un actor de carácter y –cirugía estética y bótox apart­e– sale a escena sin disfraz, tal cual es.
Al igual que a los villanos de Bond, megalómanos, egoístas y sin empatía, a Putin le traen sin cuidado las consecuencias de sus acciones. Él tiene un plan y va a saco: ataca, invade, mata, exilia, destruye, arrasa, miente, silencia, reprime e intoxica. Su objetivo es dominar el mundo, de momento el que en el pasado fue mundo soviético. Y si para ello hace falta desestabilizar el resto del planeta, se desestabiliza y andando.
La primera película de Bond es de 1962, coetánea de la crisis de los misiles en Cuba, punto álgido de la guerra fría. En 1989, cuando cayó el muro de Berlín, se estrenó otro filme de Bond, Licencia para matar. Ese mismo año, el ensayista Francis Fukuyama publicó un artículo titulado “¿El fin de la historia?”, que daría pie, tres años después, a su libro El fin de la historia y el último hombre, donde certificaba el triunfo de la democracia sobre el comunismo. En eso no se equivocó, al menos entonces. En lo del fin de la historia, sí. Y mucho. Putin ha vuelto a levantar la bandera rusa. Que ya no es la del comunismo, sino la de un régimen autoritario, oligárquico y populista, enfangado en el proyecto neoimperial de ensanchar su perímetro, ahora a costa de los ucranianos, y después ya veremos.
Es posible que Putin, al atacar Ucrania, haya empezado a cavar su tumba. Eso dependerá, además de la resistencia de los ucranianos, de las sanciones occidentales y de China, de si su círculo de poder le para los pies. Pero, aunque caiga Putin, el modelo populista seguirá al alza. Al menos, esa parece ser la tendencia.
A lo largo de los últimos tres lustros, la democracia ha retrocedido en el mundo. La Freedom House, una oenegé con sede en Washington, contabilizaba en el 2005 un total de 89 países libres, 58 parcialmente libres y 45 sin libertad. En el 2020, eran, respectivamente, 82, 59 y 54. El número de países libres ha ido, pues, a menos. El de parcialmente libres o sin libertad, a más. Solo un 30% de los habitantes del mundo vive en democracias plenas, si bien el 50% de los países disfruta de algún tipo de democracia.
Ciertos países con presidentes populistas son democracias que se han asomado a la perversión de su modelo, como Estados Unidos con Trump o Brasil con Bolsonaro. Otros países son dictaduras poscomunistas, como Rusia, o China. Esta última tiene por cierto los ojitos puestos en Taiwán, hoy nación libre, con derechos políticos y libertades similares a los de España. Los populismos amenazan o conculcan la libertad. Y a veces no dudan en exportar su modelo regresivo. Incluso a países en los que la cultura democrática es incipiente, o fuerte, pero no tanto como los medios disponibles para defenderla con éxito del agresor totalitario. O sea, Putin es el villano de moda, pero no el único al acecho.
El plan de estos villanos no es de recibo. Quieren acabar con la democracia y matar a quien se oponga a eso. En James Bond contra­ Goldfinger (1964), 007 aparece atado a una mesa, con un rayo láser apuntándole. Bond le pregunta al villano –Auric Goldfinger– si espera, así, hacerle hablar. “No –replica este–, espero que muera”.
Dicen que la pandemia ha aislado y enloquecido a Putin. Quizás. Pero, en todo caso, hay que hacerle entender, sin propiciar desastres mayores, que su ataque es inaceptable. Hay que hacerle fracasar. Porque, como decía otro villano de Bond con ínfulas de genio –Elliot Carver, en El mañana nunca muere (1997)–, “solo el éxito separa la locura del genio”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 13 de marzo de 2022)