El verdadero peligro

10.04.2016 | Opinión

Coincido en una cosa con los firmantes del reciente manifiesto que propone el catalán como única lengua oficial en una hipotética Catalunya independiente: el deseo de larga vida a esta lengua. Y me desagrada todo lo demás: el fundamento de su argumentación, su potencial divisorio, su estrategia y un ombliguismo que parece ajeno a la realidad globalizada.

Respecto a la argumentación: dicen los firmantes que la única manera de que el catalán sobreviva pasa por usarlo todos siempre y para todo. Lo cual no es cierto. Ni posible. Lo prueba la historia reciente, en la que catalán y castellano han sobrevivido a su convivencia en régimen de cooficialidad. Y lo impedirá la pujanza del inglés. A la pareja de hecho que aquí integran el catalán y el castellano se ha acoplado, formando un trío, el inglés. Su uso crecerá sin pausa ni necesidad de apoyo del Govern. Antes moriría el catalán a manos del inglés que del castellano.

Respecto a su potencial divisorio: algunos siguen soñando una Catalunya pura que nunca existió ni existirá; un club privado donde alguien se reserva el derecho de admisión. Es una equivocación lamentable. Nada bueno traerá dividir a la población entre catalanes y colonos. Ni siquiera entre los partidarios de la independencia ha actuado este manifiesto como aglutinador. Por el contrario, ha disgregado las filas de Junts pel Sí, CDC o ERC, donde se han manifestado los partidarios de un catalán integrador frente a los de un catalán hegemónico.

Respecto a su estrategia: es errónea porque no hay quien sume fuerzas al dividirlas. En eso los impulsores del manifiesto actúan como Donald Trump, que aspira a que todos los americanos suscriban sus tesis, o le voten, pero ofende a hispanos, negros, mujeres y demás grupos sin cuyo apoyo no ganará nunca.

Respecto a su ombliguismo: el camino del catalán –lengua legalmente protegida– hacia la irrelevancia no pasa tanto por la opresión española como por la cerrazón local. Los pueblos no crecen cuando se limitan al cultivo de sus especificidades, se ensimisman y recelan de lo exterior. Crecen cuando trabajan en contacto y colaboración con el mundo. Todos tenemos las raíces aquí o allá, pero nuestro espacio vital es hoy el mundo entero. Y si el espacio importa, también importa el tiempo. Por más que hablemos –hasta aburrir– de 1714 y la caída de Barcelona, de 1885 y el Memorial de Greuges o de Lo catalanisme de Valentí Almirall, esa época ya no existe. La nuestra es distinta. El problema más acuciante que afrontamos los ciudadanos catalanes no es la relación con España. Es el que tenemos como miembros de una comunidad global sometida a desafíos que ya condicionan su subsistencia, e incluso la amenazan, a pocas generaciones vista. Quienes no asuman esos desafíos como una prioridad están haciendo un flaco favor a sus congéneres, empezando por los que nacieron en su misma comunidad y hablan exclusivamente en catalán.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 10 de abril de 2016)