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Edificio de recepción de las ruinas de Empúries

Arquitectos: Josep Fuses y Joan M. Viader

Lugar: Empúries (Girona)

 

La transición entre el mundo actual y el de los yacimientos arqueológicos es a veces súbita, por no decir abrupta. No sucede así, pongamos por caso, en Pompeya, donde el visitante pasea unos minutos antes de llegar a las ruinas. Pero sí en el Born barcelonés, donde se puede pasar del bullicio callejero a los restos de la ciudad dieciochesca en segundo. Este variable lapso de tiempo que media entre el hoy y el ayer depende, lógicamente, de la distancia que separa el aparcamiento de los restos arqueológicos. Pero hay métodos para prolongarlo. Por ejemplo, con un túnel del tiempo, que es lo que han construido Fuses y Viader en el edificio de recepción de las ruinas de Empúries.

Los veteranos e inquietos arquitectos radicados en Girona recibieron el encargo de construir un edificio para albergar servicios varios (taquillas, cafetería, tienda, etcétera) y lo abordaron partiendo de tres premisas. Una: rehuir cualquier mimetismo estilístico. Dos: integrar el edificio en el paisaje. Y, tres: dibujar, mediante el recurso a la compresión y la descompresión de espacios, una secue3ncia arquitectónica que subrayara y atenuara el viaje en el tiempo.

La primera premisa la siguieron a rajatabla. El suyo es un edificio de un único material –el hormigón-, encofrado con cañas o tablas, que lanza expresivos voladizos pero se entierra siguiendo la topografía de la parcela. La segunda premisa se logra con cubiertas revestidas de vegetal, que hacen el edificio casi invisible a ojos de pájaro. Y, la tercera, con una secuencia integrada por la ancha explanada de acceso, la recepción comprimida y el patio con oberturas que homenajean a viejos pinos y conduce hacia un aristado túnel. Limitan este túnel lienzos de hormigón de geometría fractal que llevan, mediando el recorrido grutesco, a una última descompresión, donde se desvela un magnífico paisajes de ruinas, pinos y mar.

Este túnel-gruta trae al recuerdo el acceso a las Bodegas Bell-Lloc de RCR en Palamós. Pero su potencia formal, basada en la expresividad de un hormigón con mucha textura y dramatismo, es quizás superior. La composición resultante puede parecer caprichosa y acaso no muy económica. Sin embargo, además de cumplir su propósito, nos recuerda que, en arquitectura, no todo es previsible.

 

(Publicada en “La Vanguardia” el 7 de abril de 2017)