El síntoma Trump

06.11.2016 | Opinión

Un rasgo esperanzador de las elecciones norteamericanas del 2008 fue la lucha por la candidatura demócrata entre Barack Obama, un negro, y Hillary Clinton, una mujer, algo impensable años atrás y signo inequívoco de progreso social. Un rasgo preocupante de las elecciones que se celebrarán pasado mañana ha sido la presencia, como candidato republicano, de Donald Trump, cuyo discurso xenófobo, misógino, demagógico y antisistema supone una clara involución en términos sociales y democráticos.

El martes se despejarán las dudas que nos han acompañado desde que en junio Trump fuera seleccionado por los republicanos como su mejor candidato. Si resultara elegido como nuevo inquilino de la Casa Blanca, esta vez por la mayoría de sus compatriotas, Estados Unidos y el mundo entero entrarían en territorio no cartografiado. Si, por el contrario, es Hillary Clinton la que empuña el timón, EE.UU. escogerían a su primera mujer presidente, al tiempo que a una experta funcionaria que lleva tres decenios en los círculos del poder y parece garantizar una gestión cualificada, sin sorpresas.

Toda campaña electoral suele propiciar un torrente de propuestas políticas, que conforman los programas de los candidatos. Unas ponen el acento en lo social, otras en lo económico; unas plantean ventajas para la mayoría, otras estímulos para la minoría. Pero, en términos generales, todas aspiran a introducir transformaciones de futuro. La campaña que toca a su fin ha sido, en este sentido, distinta. Más que abogar por otro futuro, ha revelado las preocupantes fisuras de un presente en el que un candidato prepotente, ofensivo y soez puede llegar a las puertas de la Casa Blanca, y quien sabe si abrirlas a puntapiés. Lo cual significa –y esto es lo más inquietante– que una parte considerable del país aprecia su modus operandi, le secunda y le jalea.

La tarea más urgente de Hillary Clinton, si fuera elegida 45 presidente de los EE.UU., estaría pues condicionada por esta realidad. Por supuesto, la nueva mandataria debería lidiar con la agenda habitual: los desafíos de China, las bravuconadas de Putin, el avispero de Oriente Medio o el terrorismo globalizado. Y, al tiempo, tratar de consolidar en su país las reformas introducidas por Obama en ámbitos como el de la economía, la sanidad o la inmigración. Pero su labor prioritaria quizás sería la de intervenir, con pulso de neurocirujano, sobre una sociedad que, acaso influida por la crisis económica, el desapego a las instituciones o el desencanto generacional, ha llegado a pensar en proporción significativa que Trump podría ser el líder ideal. El fenómeno Trump no es unipersonal ni se agota en sus excesos verbales. Por el contrario, es el síntoma de una sorda y extendida dolencia que amenaza con corroer algunos de los principales valores de la sociedad norteamericana, y que no se curará pasado mañana, aunque Trump pierda las elecciones.

(Publicado en "La Vanguardia" el 6 de noviembre de 2016)