Carles Puigdemont volverá a comparecer mañana ante la justicia sarda, que días atrás orilló la euroorden de detención dictada contra él por el juez Llarena. “El Estado español no pierde ocasión para hacer el ridículo”, proclamó el expresident a modo de conclusión, tras salir de la cárcel de Sássari en la que pernoctó el pasado día 23.
Tenía razón Puigdemont al afirmar que el juez Llarena está bordeando el ridículo. Al menos, a ojos de justicias  como la alemana, la belga o la italiana, que hasta la fecha se han resistido a ejecutar su euroorden. Visto el éxito obtenido, otro juez ya la habría retirado. Pero no tiene razón Puigdemont cuando califica de ridículo al Estado español (o de bananera a la monarquía). Porque es infrecuente que los estados democráticos hagan el ridículo. Sus leyes suelen impedírselo. Del mismo modo que es fácil que haga el ridículo quien viola dichas leyes. Lo saben los condenados del procés que han purgado en prisión sus errores. Y parece ignorarlo Puigdemont, que plantó a sus compañeros y abandonó el país de matute con el noble propósito de internacionalizar –dijo– el conflicto catalán.
Luego volveré sobre este asunto de la internacionalización. Antes, recordemos la etimología de ridículo, que procede del latín ridiculus, y este, a su vez, de ridere (reír). De ahí se derivan la risa, la sonrisa, lo irrisorio. Por ello decimos que hace el ridículo quien, llevado a veces por una mezcla de ambición e impericia, fracasa, queda desairado, da risa.
La ambición y la impericia casan mal. Horacio habló de las montañas que paren ratones ridículos, refiriéndose a los literatos que se coronan de laurel a sí mismos (porque sus obras no dan para tanto). Y si viajamos del siglo I a.C. al XXI, veremos que los años pasan por millares, pero las causas del ridículo permanecen. Los montes aún paren ratones.
Puigdemont presidía la Generalitat cuando se declaró una independencia de Catalunya que duró segundos. Justificó su huida a Bélgica sugiriendo que hacía falta allí para internacionalizar el conflicto: han pasado casi cuatro años desde entonces, se ha invertido mucho dinero en diplomacia catalana, y se ha logrado el apoyo de ultraderechistas flamencos, alcaldes sardos y poco más: ¡un éxito! Con la promesa de alumbrar un país mejor se ha dividido y polarizado el que tenemos. Y la cacareada república catalana solo existe en el consell homónimo montado por Puigdemont en Waterloo o en las pintadas. 
Puigdemont soñó quizás un colofón triunfal para su escapada, recuperando la presidencia de la Generalitat entre palmas y ramas de olivo. Pero cada día que pasa esta posibilidad se aleja. Si no median medidas de gracia, tarde o temprano puede verse ante el juez. El ridículo nos acecha a todos. Y más aún a quien a tanto aspiran y tan poco logra.

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de octubre de 2021)