El regreso de María Moliner

03.02.2013 | Opinión

Al entrar en el Romea, el pasado martes, me pregunté si la función sobre María Moliner que iba a ver me reportaría las emociones de una buena velada teatral. Todos los que utilizamos el deslumbrante “Diccionario de uso del español” de Doña María la tenemos en un pedestal. Porque la labor lexicográfica que realizó en su casa, entre zurcidos de calcetín, con una tenacidad sólo comparable a su talento y su modestia, es extraordinaria. Pero en los últimos años nos hemos habituado en Barcelona a escenografías muy estimulantes, de la mano del TNC, con montajes de gran ingenio o empaque; o del Lliure, con mucho neón y rocanrol; por no hablar de las vistosas transgresiones de Bieito en el Liceu. Es por ello comprensible que la perspectiva de enfrentarse durante hora y tres cuartos a una señora con moño, al pie de su Olivetti, rodeada de fichas y con una gran cómoda al fondo, me suscitara alguna duda, siquiera pasajera, respecto al gancho de la función. Me refiero a “El diccionario”, obra primeriza de Manuel Calzada que evoca la vida de Moliner. Y que lo hace, digámoslo ya para despejar dudas, de modo emotivo y seductor.

Suele decirse que una buena voz, como la de Sinatra, podía convertir en fascinante la lectura del listín telefónico. ¡Qué no podrá hacerse pues con un diccionario! Porque un diccionario, sin ser trepidante como ciertos relatos, supera con mucho al listín: en lugar de números contiene todas las palabras de un idioma con sus definiciones. Y, en el caso del Moliner, más que eso, ya que rastrea su etimología, relaciona los términos entre sí, nos da ejemplos de uso y sirve tanto a nativos como a extranjeros. Aún así, Calzada ha creído conveniente arropar la aproximación a esta aventura intelectual con las circunstancias sociopolíticas, familiares y personales en las que se produjo. Es decir, durante el último franquismo, en una sociedad no igualitaria y ante la cruel enfermedad que acabaría anulando, paso

a paso, las capacidades intelectuales de la protagonista. La suma de estos recursos agranda el marco ya oceánico del diccionario, y por ende de la obra, siendo una de las razones de su solidez. Otra razón, y muy principal, es la labor de Vicky Peña, que compone una María Moliner de portentosas facultades y, a la vez, tan discreta; muy consciente de la adversidad en la que lucha y, sin embargo, imbatible; sometida a férrea disciplina, pero libre; y en extremo rigurosa y precisa, pero dotada para la ironía y la sorna. Con estas últimas armas se enfrenta en la obra a la Real Academia Española, que pese a sus tres siglos de historia y a su masculinidad no ha sabido redactar un diccionario como el de Moliner (cuya candidatura rechazó en 1972, ganándose eterno baldón).

“El diccionario” sigue en cartel una semana más, hasta el día 10. Y, si bien su ritmo es pausado y su escenografía, agrisada, el tributo que rinde a Moliner es de toda justicia y muy satisfactorio.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 3 de febrero de 2013)