Hoy es Onze de Setembre y puede ser un mal día para el independentismo. En vísperas de la Diada, este movimiento ha experimentado un nuevo episodio divisorio, en la línea de los que ya lastraban sus intereses en la esfera partidista, gubernamental o parlamentaria. El episodio empezó con un manifiesto de la ANC aconsejando “dejar los partidos atrás”. Luego su presidenta, Dolors Feliu, declaró que “no nos quedaremos de brazos cruzados” (en una entrevista con La Vanguardia para la que, dicho sea de paso, se fotografió con los brazos cruzados). Y añadió que si el president Aragonès no iba a su manifestación de hoy, sería porque “no está implicado en el proceso por la independencia”. A continuación, este le contestó confirmando que no iría a tal manifestación (pero sí al acto de Òmnium). Tampoco irán los consellers de ERC. En resumen, este Onze de Setembre no pinta bien para el soberanismo. La ANC organiza un acto y Òmnium otro. Y los de Junts y ERC, a la greña, pueden sentirse más inclinados a asistir a uno u otro. La manifestación antes unitaria se prevé hoy pródiga en descalificaciones a los ausentes. Mañana, quien caiga en la tentación de ufanarse de sus cifras y menospreciar las del rival no hará sino ahondar en la división.
La ANC acusa a los partidos –en particular, a ERC– de traición al proyecto independentista, porque tras el naufragio del 2017 los republicanos asumieron la realidad, hicieron un reset y tomaron otro camino hacia su meta, más transitable y más largo, aunque también incierto. Por el contrario, la ANC parece no comprender lo que ocurrió en el 2017 y sigue convencida de que, a base de movilizaciones, la “gente” puede “hacer” la independencia. Sin admitir lo ya experimentado: que su vía topa con un muro insalvable.
A cualquier político del siglo XXI que recurra a esa idea de “la gente” debería caérsele la cara de vergüenza. Ya sea Pedro Sánchez, que en los últimos días utiliza con frecuencia ese concepto y diserta sin manías ante un atril rojo con el lema “PSOE. El Gobierno de la Gente” (nótese la última mayúscula, tirando a cínica). O ya sea la ANC, que lo cultiva y trata de sacarle fruto –sin gran éxito, salvo en la venta de camisetas– desde sus orígenes.
Recordémoslo una vez más: “la gente” es una entelequia de contornos borrosos, muy apreciada por todo tipo de populismos, pero irrelevante hasta que la revalidan las urnas –me refiero a las urnas de convocatoria no unilateral, reconocidas por todos los ciudadanos sin excepción– y se transforma en una cifra suficiente y fiable. Y, aunque esa cifra sea alta, luego viene lo de hacer. Se pueden hacer vacaciones, se pueden hacer catedrales o se pueden hacer buñuelos, actividades que requieren todas ellas de una técnica y unas habilidades determinadas. Pero que, bien ejecutadas, arrojan resultados disfrutables, tangibles o comestibles. Es decir, reales. Pero hacer la independencia a la manera de la ANC es hacerla de boquilla, al menos en el último decenio de manifestaciones concurridas, uniformadas y coreografiadas. Entre otras razones, porque la técnica de la ANC ha empezado y ha acabado hasta la fecha en la espectacular movilización de la “gente”, a la que ahora debilita con purgas. Esta entidad se presenta como el motor del independentismo, pero no controla el cambio de marchas: su motor ronronea, insomne, aunque siempre en punto muerto, de manera que el coche no va muy lejos.
Quizás por ello, ha expuesto su propósito de alentar ante las próximas autonómicas listas cívicas, que de hecho podrían convertirse en una cuarta candidatura independentista, que se sumaría a las tres ya existentes, y por cierto vulneraría lo que dicen los estatutos de la entidad en su artículo 2, punto 4: “La ANC se mantendrá independiente de cualquier partido político, coalición electoral o grupo de electores y no se presentará a ningún tipo de elecciones”.
La presidenta de la ANC, en sus manifestaciones de hostilidad hacia los partidos, ha dicho que “la gente” les “pasará por encima”. ¿Será muy distinto el futuro de la ANC cuando se comporte como un partido? Quién sabe. De momento, lo que probablemente veamos hoy sea un Onze de Setembre dividido: el peor de los últimos diez años.

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de septiembre de 2022)