El pasado existió

07.07.2013 | Opinión

Perros abandonados: un clásico pre-veraniego. El can que nos acompañó en horas felices se convierte, por un motivo u otro, en un engorro. Y hay que deshacerse de él; hay que montarlo en el coche y obligarle a bajar lejos de casa, con la esperanza de perderle de vista. Así solían proceder ciertos desalmados antes. Pero ahora ya no basta con echar al animal del coche. Ahora cabe considerar la posibilidad de matarlo, de hacerlo desaparecer. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Jordi Amat publicó semanas atrás en “Cultura/S” un artículo titulado “Matar a Cobi”, donde describía la ofensiva de intelectuales soberanistas para erosionar o borrar la memoria de la Barcelona maragalliana. Cobi, que por cierto tuvo el detalle de desaparecer rumbo a la estratosfera en la clausura de los Juegos Olímpicos, es obviamente un mero símbolo. La pieza perseguida no es una mascota, sino el modelo que alumbró la Barcelona olímpica, gestada en tiempos de lo que se denomina, desdeñosamente, la “tontería modelna”. Es decir, un relato histórico que en su día conquistó, y hoy mantiene, un aprecio generalizado a ambos lados de nuestras fronteras, que mejoró decisivamente el estatus internacional de Barcelona y que benefició a Catalunya. Un relato que, sin embargo, es percibido por quienes disparan contra Cobi como una nota discordante ante el inminente concierto del tricentenario de 1714.

No es este el lugar para extenderse sobre los frutos de la operación olímpica, que entre otras virtudes tuvo la de renovar y relanzar la ciudad, al proyectar lo local mediante mecanismos internacionales. Ni para recordar que en 1991 los hoteles de Barcelona recibieron 1,7 millones de personas, mientras que en 2012, pese a la crisis, recibieron 7,4 millones; muchas de ellas turistas, sí, pero no pocas atraídas por los organismos relacionados con la biomedicina o la información, por el Mobile World Congress o por otras manifestaciones que quizás pequen de cosmopolitas, pero no de improductivas. Ni tampoco es este el lugar para recordar que el mundo es cada día más global, que las identidades locales son hoy más locales que nunca, y que lo que el mundo espera de ellas no son proclamas de teórica singularidad y excelencia, sino aportaciones concretas, útiles, tangibles y, sobre todo, beneficiosas también para quienes no tuvieron la suerte de nacer aquí, sino en su país.

Por el contrario, sí es este el lugar para recordar lo obvio: cualquier intento de negar o banalizar la historia está condenado al fracaso. Existió Hitler y existió Churchill. Existió Azaña y existió Franco. Existió Pujol y existió Maragall. La historia es una sucesión de aciertos y errores, de pequeños pasos adelante logrados con esfuerzo colectivo y de enormes catástrofes armadas por un puñado de iluminados. Sus episodios están ahí, inmutables. Gustarán más o menos, pero, salvo en los libros de Orwell y en la mente de algún dictador, no cambian.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 7 de julio de 2013)