El otro sitio de Barcelona

07.02.2016 | Opinión

Cuando oímos hablar del sitio de Barcelona, tendemos a viajar de vuelta a 1714. Los fastos del tricentenari y la indesmayable propaganda nacionalista así lo han propiciado. Pero también podríamos fijarnos en otro sitio de Barcelona, de distinto orden, que se está produciendo ahora mismo. Ya no es militar, como aquel que concluyó con la victoria de las tropas borbónicas de Felipe V sobre los defensores de Barcelona y los austracistas del archiduque Carlos. El actual cerco es de origen nacional e ideológico. Y, a diferencia del anterior, no se produce sólo de fuera hacia adentro. Se da también desde el interior de la ciudad. Ya no se trata de conquistarla, como cuando la guerra de Sucesión. Se trata de intervenir, por pasiva o por activa, sobre la identidad de Barcelona; de cambiar su rumbo, aún a costa de menospreciar sus talentos y mermar su fuerza.

Desde la recuperación de la democracia, Barcelona ha progresado extraordinariamente. En los tres decenios de gobierno socialista, y con la colaboración de muchos de sus mejores profesionales, la ciudad se transformó física y anímicamente. Dejó atrás la grisura y el desorden tardofranquistas, y supo regenerarse mediante un gran urbanismo.

Este éxito despertó la admiración foránea. Y, también, recelos locales, de vario fundamento. Algunos procedían del ámbito soberanista, que a menudo asocia Barcelona a un cosmopolitismo desafecto a su causa. Otros venían de fuerzas emergentes de izquierda que empezaron censurando los excesos cometidos en esta fase de progreso y han acabado presentando una enmienda a la totalidad al modelo que nos ha traído hasta aquí.

El independentismo que está hoy al mando de la Generalitat, pero sin mayoría suficiente, suele mirar Barcelona con reservas. Su implantación es superior, en términos relativos, en otras partes de Catalunya. Una mayoría de barceloneses, aún deseosos de otro marco de relación con España, prefiere una ciudad abierta, plural y comprometida con las urgencias globales a otra ensimismada. Los independentistas querrían ensanchar su base en el cinturón industrial, y a tal fin presentan candidatos verdaderamente pintorescos. Pero no logran ese crecimiento. Quizás por ello se refieran con creciente frecuencia al “territorio”, ese ámbito no capitalino más próximo a las raíces que a la complejidad urbana, en el que conviven, no sin fricción, diputaciones, comarcas, proyectos de veguería, municipios y vecindarios.

Si desde fuera de Barcelona se intenta contrarrestar su peso con esa difusa idea de “territorio”, desde dentro se echa mano de los barrios. En los discursos de la alcaldesa Colau y de sus correligionarios la gran ciudad se reduce muchas veces a una agregación de barrios. Así es como se produce este nuevo sitio de Barcelona, una especie de pinza geográfica, que evoca la practicada por José María Aznar y Julio Anguita sobre un Felipe González crepuscular, mediados los años noventa. Está pues claro que Barcelona, en tanto que urbe diversa y proyectada al mundo, no agrada ni al soberanismo ni al activismo social de BComú. Nada nuevo bajo el sol. Ya en tiempos de la Generalitat de Jordi Pujol, Barcelona fue un contrapoder socialista al que se combatía privándole de la Corporación Metropolitana, o apoyando a regañadientes los Juegos Olímpicos. Ya los activistas boicotearon el Fòrum de les Cultures –criticando, con razón, su envoltorio grandilocuente, pero ninguneando, sin razón, el debate global que proponía–. Y en eso seguimos. BComú se presenta como un antídoto a los excesos derivados del éxito de la ciudad, de la masificación turística, de la codicia de ciertos operadores. A su entender, todo eso tiene que acabar. Y, de paso, cualquier vestigio del llamado modelo Barcelona. Sólo así se logrará, nos dicen, dar vivienda a los que no la tienen, atenuar diferencias, minimizar el transporte privado y acercarnos a una supuesta Barcelona arcádica.

Todo eso está muy bien. Pero no basta. Un Ayuntamiento es algo más que una organización asistencial. La ciudad es la suma de muchos anhelos y talentos. Si algo se debe pedir a un Ayuntamiento es que los convoque y los coordine en beneficio colectivo. Las políticas sociales son imprescindibles. Pero no deben ser incompatibles con un proyecto de ciudad más ambicioso, ahora inexistente; ni con cultivar las propuestas de los mejores profesionales, capaces de generar recursos con los que atender, entre otras demandas, las de los necesitados. Barcelona no parte de cero. Cuenta con una brillante experiencia. Desperdiciarla, atribuirle los pecados de algunos operadores, es un error de alto coste. Y hacerlo en nombre de los desasistidos es un doble error. Dijo Séneca: “Una era hace ciudades, una hora las destruye”.

Por más que la oculten entre el territorio y los barrios, Barcelona sigue aquí. Y debe seguir yendo a por todas. Para ello, más allá del desdén exterior o de su reducción a tareas del ámbito social, conviene convocar todo su talento, toda su libertad y toda su capacidad de innovación. Conviene sumar, no restar.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 7 de febrero de 2016)