Noticiario del proceso: como la operación diálogo se parece cada día más a un bocadillo de jamón sin jamón, y como el juicio que empieza mañana va a ser tratado in extenso, les hablaré de las conferencias del exjuez Santi Vidal. De esas charlas en las que esbozaba una hipotética Catalunya independiente y desvelaba las maniobras en la oscuridad que se estarían realizando para prepararla. Ha causado escándalo su afirmación de que el Govern habría obtenido ilegalmente los datos fiscales de los ciudadanos de Catalunya (afirmación luego desmentida por el Ejecutivo catalán). O la relativa a que se habría confiado a un gobierno no europeo determinado adiestramiento de los Mossos. Pero a mí, particularmente, no me ha sorprendido menos la referida al control, “todo informático” y “todo telemático”, al que se sometería la labor de los trabajadores en la administración de Justicia, para garantizar su mayor diligencia.

Es verdad que la lentitud judicial se ha enquistado y constituye un enojoso problema. Las imágenes de juzgados atestados de legajos y carpetas bajo un manto de polvo aparecen en la prensa con regularidad. Los casos en distinta fase de trámite se cuentan por millones. Pero el método correctivo expuesto por Vidal revela una mentalidad que encaja en el modelo de control denunciado por Orwell en su novela distópica 1984. Decía Vidal: “A las personas que no tengan el trabajo al día, automáticamente, se les encenderá una lucecita en el ordenador que dirá: ‘¡Tarjeta amarilla!’”.

La disparatada idea de que tu ordenador se convierta en tu vigilante produce cierto yuyu, por más que Facebook o Google ya nos controlen, conozcan nuestros gustos y sepan lucrarse gracias a ello. Pero Vidal iba más lejos. Decía que a los poco eficientes les sería bloqueado el ordenador, se les enviaría a un inspector y, si este opinara que su lentitud era fruto de la indolencia, se les condenaría a trabajar sin cobrar.

Por estas y otras palabras, a Vidal le han dicho de todo, también sus correligionarios. Por ejemplo, iluminado, sujeto delirante o bocazas. Vaya y pase. Pero ante una propuesta como la del ordenador policía, lo primero que se le ocurre a una persona sensata es darle las gracias a Vidal por su franqueza. La Catalunya independiente soñada por el exjuez y ahora, también, exsenador quizás no sea muy apetecible para los que sienten aprecio por su libertad. Pero es muy reveladora. Lo segundo que se le ocurriría a esa persona sensata sería decir: “No, gracias; no quiero vivir en un país donde mi ordenador hable como un árbitro de fútbol, me envíe a los inspectores y, acto seguido, me esclavice”. Porque eso es, grosso modo, lo que propone Vidal con sus ordenadores punitivos.

Se ha dicho también estos días que el exjuez y exsenador se había disparado un tiro en el pie al hablar de modo tan sincero o atolondrado. (Motivo por el que podría añadir otro ex a su colección: el de exhéroe de la causa independentista). Como esa conducta es impropia de los héroes, cabe preguntarse qué ha llevado a Vidal a decir lo que ha dicho. Aquí habrá, quizás, diversas opiniones. La mía es que la combinación de unilateralismo y prisas, junto al ­escaso espíritu autocrítico, quizás haya cohesionado las filas de los creyentes soberanistas, pero está desacreditando el proceso entre quienes desean mejorar la organización social pero dudan que para eso baste con cambiar de bandera. Sobre todo cuando bajo la bandera de recambio desfilan lumbreras como Vidal, y otros acaso menos deslenguados pero con propuestas y métodos no menos preocupantes. En el mundo siguen chocando los partidarios de la fe con  los de la razón.

Hay ideas que son muy hermosas o que lo parecen. Pero ninguna es lo suficientemente hermosa cuando su imposición requiere forzar la voluntad popular, cuando se basa en movimientos secretos, cuando orquesta o sueña controles totalitarios y cuando llega a la conclusión de que es lícito vulnerar leyes en pro de un supuesto bien común.

Hace ya 69 años que Orwell publicó 1984, donde abordó todo esto con una clarividencia que acaso entonces pareciera excesiva, pero que entrado el siglo XXI, y visto lo visto, ya no lo parece. A las propuestas de Vidal para Catalunya me remito. Por no hablar de otros países –Estados Unidos,  Turquía, Reino Unido, Polonia...– donde quienes se creen mejores que los demás alientan invo­luciones de distinto alcance. Pues bien, que no cuenten conmigo para este tipo de transformaciones, cuyos impulsores tienen además el descaro de mostrar su rostro más siniestro en plena fase promocional. El añorado Perich expresó esta impresión mejor que yo en una de sus viñetas sobre el impuesto revolucionario que exigía ETA: ¿cómo voy a apoyar a un movimiento revolucionario –decía uno de sus personajes– que quiere cobrarme impuestos incluso antes de llegar al poder?

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 5 de febrero de 2017)