Hoy me voy a meter en un jardín sobre el que arrecian los vientos de la corrección política, pero donde aún crecen las flores de la disensión.
Laurie Winkless, divulgadora científica, disparó días atrás unos tuits contra la Academia Sueca, porque de los trece ganadores del Nobel 2021 solo uno es mujer, lo cual le parece discriminatorio y anacrónico.
Göran Hansson, secretario general de la Academia, le ha respondido que el comité de los Nobel ha descartado aplicar cuotas por razón de género o étnicas al elegir a los galardonados. El premio será, ha dicho Hansson, para los que hayan hecho las aportaciones más valiosas en su ámbito profesional.
Tiene razón Winkless al señalar que este año sólo uno de los trece laureados es mujer: la periodista filipina Maria Ressa. Y es indiscutible que en el palmarés del Nobel hay más hombres que mujeres (6,2% del total). Pero a la vez es un hecho inalterable que, hasta hace medio siglo, la presencia femenina en la actividad pública o profesional fue escasa, como lo fue su huella en dicho palmarés. Asimismo es obvio que el Nobel no ha forjado su prestigio gracias a las políticas inclusivas sino a la excelencia de las carreras distinguidas. Dicho sea esto con reservas, porque no están entre sus laureados todos los que han sido, aunque la mayoría de los que están hicieron algo notable. (En 120 años sobra tiempo para cometer errores u omisiones).
Abundan las razones para que el Nobel siga primando la excelencia sobre la discriminación positiva. Enumeraré tres. Primera: el objetivo del premio, según fijó Alfred Nobel, es distinguir a las personas cuyos hallazgos han “aportado el mayor beneficio a la Humanidad”, algo que no depende del sexo. Segunda: la Fundación Nobel es una institución privada, que cimenta o arriesga libremente su prestigio al premiar a un candidato u otro. Tercera: si primara la discriminación positiva, la Academia podría perder crédito, salvo si eligiera a mujeres de méritos idénticos a los de los varones; de no ser así, las nuevas laureadas serían sospechosas de haberlo ganado por su género, más que por su trabajo. Y eso no beneficiaría al premio ni a ellas.
La lucha por la igualdad se produce en varios frentes, pero en unos suele abrir horizontes y en otros genera más ruido que nueces. No es admisible ninguna discriminación negativa en función del sexo en las fases educativas y laborales. Pero no es razonable una discriminación supuestamente positiva cuando se juzga el fruto de carreras desarrolladas en igualdad de condiciones. Sería injusto que el trabajo de un hombre se impusiera sobre uno mejor de una mujer. Y viceversa. Disponemos de leyes para garantizar la igualdad de oportunidades. Cúmplanse. Y, luego, que gane el Nobel el o la mejor.

(Publicado en "La Vanguardia" el 17 de octubre de 2021)