A Andrés Manuel López Obrador (AMLO), presidente de México, le han dicho de todo menos guapo a causa de sus declaraciones subrayando que en las elecciones de medio mandato del pasado domingo “los que pertenecen a la delincuencia organizada, en general, se portaron bien”. Es verdad que de viernes a domingo se registraron en México solo 209muertes violentas, cuando lo habitual en fin de semana son 90 diarias. Pero también lo es que en campaña cayeron tiroteados unos 90 candidatos o políticos; y que este certificado de buena conducta extendido por el presidente al narcotráfico chirría y ha animado a la oposición a decir que AMLO había perdido la cabeza. Es sabido que AMLO apostó por una cierta distensión con los narcodelincuentes. En enero del 2019, dos meses después de ser elegido presidente, afirmó que “ya no hay guerra contra el narco, queremos la paz”. Y después popularizó su lema “abrazos, no balazos”.Pero la otra parte no paga con la misma moneda. Desde que el presidente Felipe Calderón creyó en 2006 que la solución al problema del narcotráfico era militar, el crimen reaccionó con furia y han muerto ya violentamente más de un cuarto de millón de personas. Desde entonces el narcotráfico se ha musculado y es un poderosísimo agente económico mexicano, que controla, según fuentes de EE.UU., el 35% del territorio nacional. Desde que AMLO practica su política de apaciguamiento –justificando, por ejemplo, la liberación del capo condenado por el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena–, el balance de muertos ha mejorado de modo insignificante y sigue siendo intolerable, al tiempo que el número de operaciones ilegales seguía creciendo y caía el ritmo de detención de capos y de confiscación de sus bienes. Dicen los fieles de AMLO que su prioridad son las políticas sociales, y que no quiere que la omnipresencia del narcotráfico las ensombrezca. Pero en las elecciones del domingo, aunque mantuvo su primacía, el presidente no sumó los dos tercios de la Cámara de Representantes con los que pretendía acometer reformas constitucionales indispensables para expandir las citadas políticas sociales. Y cuando AMLO despertó de su sueño electoral, el narcotráfico seguía ahí. El problema del narcotráfico mexicano es de difícil solución. Por su expansión y porque muchos jóvenes prefieren el crimen al hambre. Pero un presidente no puede dejar de combatirlo u optar por el laissez faire. Ni echarle nunca flores, muchas o pocas, a quienes asesinan sin tasa. El narcotráfico que siembra de muerte México y pudre su alma quizás reduzca levemente el número de asesinados –en el primer trimestre cometió 8.399, un 4,6% menos que en el 2020–. Pero, mientras siga prodigándolos, no merece la menor felicitación del presidente de un Estado al que desafía a diario. ¿A qué vino eso, AMLO?

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 13 de junio de 2021