El proceso soberanista navega por el mar de los castigos. Hace ya cinco años que su barco zarpó y puso proa hacia la república catalana. Asumió, como si nada, que la ruta estaba plagada de escollos y que avanzaba en rumbo de colisión con la flota centralista. Siguió adelante, con la prisa por brújula, a sabiendas de que la cañonería enemiga era temible. Eso, sumado a la imprevisión y la impericia de los pilotos, fue lo que propició la indeseada deriva hacia el mar de los castigos, donde espera viento de popa que vuelva a hinchar sus velas el 21-D.
Las penas más notorias las recibe ahora la oficialidad secesionista. Se manifiestan mediante multas, prisiones preventivas y exilios, ya superada la fase de advertencias y la posterior de destituciones, en la que se liquidó el Govern, se disolvió el Parlament y, de paso, se intervino la autonomía de todos los catalanes, incluidos los que preferían conservarla. La fuerza persuasiva del Estado ha sido poca, pero la coercitiva no tiene parangón. Lo cual no quita que el independentismo haga sus pinitos en materia punitiva. Su chivo expiatorio es el PSC, al que nunca tuvo mucho aprecio, al que ya atacó por el ala nacionalista, y al que gusta de zarandear echándole de los ayuntamientos en los que se había llegado a pactos de gobierno. El caso más reciente es el del Ayuntamiento de Barcelona, donde los de Colau, al parecer, valoran más la pureza de sangre indepe que la gestión del interés ciudadano. 
La venganza es transversal y tiene practicantes en todas las armadas. Pero la hora de los castigos no nos acerca a la solución del problema, sino que nos hunde un poco más en sus profundidades abisales. De seguir así, la navegación independentista por mares procelosos puede eternizarse, como la del holandés errante. Al PSC se le puede fastidiar en algunos consistorios más. Pero no se le privará del apoyo electoral que ya tiene, e incluso es posible que el maltrato lo refuerce. Como refuerza en España al PP el secesionismo, y a este en Catalunya el PP. Ahora bien, el estropicio causado por el independentismo es tal que no permite descartar nuevos castigos. Si la capacidad para estigmatizar a quienes piensan distinto, la habilidad para decepcionar a los propios seguidores y el daño económico infligido a unos y otros fueran cuantificables y punibles, las sanciones venideras podrían ser aún mayores.
De seguir con este rumbo, la colisión podría causar otros daños. Porque sería una colisión contra la flota española, contra el acantilado al que nos dirigen unos timoneles tan poco fiables y contumaces como Ahab, contra Europa y contra unos tiempos afligidos por problemas globales que piden mucha suma y poca división. Unos y otros pueden pues seguir sancionando, reprimiendo o expulsando al rival. Pero será mejor si se olvida esa vía, si se abandonan quimeras y si dan un paso atrás quienes se han excedido o equivocado. Que no son pocos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de noviembre de 2017)