Ya casi no llegan cartas a nuestros buzones. Pero sigue llegando publicidad. Días atrás recibí la de un “gran ilustre vidente africano” que se ofrecía para resolver “con rapidez, eficacia y garantía” un completo abanico de problemas. Eso incluía adicciones al tabaco o las drogas, relaciones sentimentales averiadas, negocios en quiebra, procesos judiciales, hechizos, depresiones y cualquier otro percance vital que quepa imaginar. El “maestro chamán” y “gran médium” aseguraba “resultados positivos” en todos los terrenos. Y los aseguraba “en tres días”.

No todo puede mejorarse y algunas cosas no tienen arreglo, como sabe cualquier persona (despierta) que lleve unos años sobre este planeta. Debería saberlo incluso el ilustre vidente, en cuyo prospecto se incluía este horario de atención al público: “De 10 a 22, todos los días”. Es decir, doce horas, siete días a la semana. Ante lo cual, cabe preguntarse: ¿cómo va a resolverle la vida a los demás alguien que se ve forzado a tan exigente régimen laboral?

La credulidad, la facilidad excesiva para creer las cosas que a uno le cuentan, está muy extendida. El público en general se traga todo tipo de necedades. Así ha sido siempre entre quienes aprendieron poco y, en consecuencia, creen mucho. Y así sigue siendo entre quienes no consideran prioritario formarse y adquirir un espíritu crítico, lo que puede acabar por convertirlos en personas necesitadas, tanto en lo cultural como en lo material. Dicho esto, el elemento que más me llamó la atención en la nota del ilustre vidente fue su promesa de celeridad, esos “tres días” que especificaba como lapso máximo para superar problemas que quizás habían atormentado durante media vida a sus clientes potenciales. Credulidad y urgencia: un combinado letal.

Donde no erraba el vidente era en un aspecto crucial: ofrecer no lo que uno tiene, sino lo que la gente pide. Es sabido que muchas personas lo quieren todo y lo quieren ahora. Les pasa a los más pequeños, que no toleran demoras cuando formulan un deseo. Les pasa también a los adolescentes, que crecen pegados a dispositivos móviles, a pantallas y a redes, donde todo parece a un clic de distancia; donde el escaparate comercial es infinito y Amazon puede traernos mañana a casa un producto que hoy cría polvo en un almacén de ultramar. Y les pasa, también, a los adultos que todavía no han sabido organizarse la vida y, según se les va agotando el tiempo, parecen dispuestos a aceptar soluciones mágicas, actuando de modo expeditivo y ajeno a toda lógica...

No puede haber orden cuando hay mucha prisa, nos previno Séneca hace dos milenios. Nunca tengo prisa, porque no tengo tiempo para eso, dijo el siglo pasado Stravinski, que invirtió sus días en componer una obra deslumbrante. Pero ¿quién lee hoy a Séneca, que fue varón y blanco y  está muerto? ¿Y quién escucha a Stravinski, otro que tal?

En fin, no quiere ser este el enésimo artículo sobre lo mal que está todo. Pese a la pervivencia de la desigualdad y la injusticia, el mundo sigue progresando, a velocidad lenta, pero sostenida. Hay, por tanto, razones para cierto optimismo. La mortalidad infantil ha caído del 18% al 5% en  medio siglo. Más de la mitad de la población terrestre vive en sistemas democráticos (en 1900 era sólo el 12%). La esperanza de vida global está en los 71 años –aquí ronda los 80–, cuando mediado el siglo XX no llegaba a los 50. Y en España disfrutamos de un periodo de paz y avances cuya duración no tiene precedentes.

Sin embargo, una mezcla de egoísmo, credulidad y prisa ha propiciado el Brexit. Y ha convertido a Donald Trump en el   nuevo inquilino de la Casa Blanca. Poco ha importado que Trump fuera un hijo de papá grosero, endeudado y enzarzado en docenas de pleitos. O que insultara a varios grupos sociales (mujeres, latinos, periodistas, etcétera) en una sucesión de desatinos, dignos de estudio psicopatológico, que ya creíamos superados entre las élites occidentales. Trump se ha presentado como un vidente, como un mago capaz de revertir la situación de su país (cuya recuperación económica con Obama es, por cierto, tangible: 11 millones más de empleos y una tasa de paro por debajo del 5%). Muchos le han creído y, en consecuencia, Trump ha ganado.

Ahora la suerte ya está echada. Sólo el tiempo nos dirá si la combinación de credulidad y urgencia que ha exhibido el pueblo norteamericano –tras recibir en su buzón el prospecto de Trump como sanador de todos los males del país– será buena para EE.UU. y para el mundo. Si será una vía de progreso o si, como nos indica la razón, será lo contrario.

Descartes nos advirtió que hay dos modos de avanzar: ir más deprisa que los otros o ir por el buen camino; y huelga añadir que los destinos que se alcanzan en un caso y en otro pueden ser muy distintos. Pero, ¿a quién le interesa hoy lo que ya sabía Descartes en el siglo XVII?

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 22 de enero de 2017)