En los últimos años, los del procés y sus amargos frutos, Lluís Llach ha aparecido en TV3 mucho más que Jaume Sisa. Por dos razones. Una, porque Llach ha sido un prócer del independentismo (al igual que TV3 ha sido su altavoz más poderoso, acrítico e insomne). Y, dos, porque Sisa, que vive apartado, no iba a pronunciar ante la cámara elogios a la causa. Aún así, TV3 emitió el martes L’home dibuixat, un documental de Joan Celdran y Àngel Leiro, compuesto por una entrevista a Sisa (del 2018), fragmentos de otras anteriores y grabaciones de archivo con destellos de su carrera musical. Una carrera en la que, a la manera de Fernando Pessoa, ha cultivado los heterónimos, las distintas personalidades creativas, desde la experimental de Música Dispersa hasta la del melancólico bolerista Ricardo Solfa, pasado por el Grup de Folk, el pop-rock con Melodrama, el teatro con Dagoll Dagom o la cantautoría galáctica que tantos seguidores le granjeó.
Sisa glosa en este documental las virtudes de la vida escondida que ahora practica. Y lo hace con una serenidad, un saber y un estoicismo apreciables, propios de quien descubrió tiempo atrás que hay una vida interior y, antes de que la decadencia la corroa, es de infinito potencial. En una sociedad empequeñecida e intoxicada, donde los figurones del espectáculo balbucean clichés y sandeces, Sisa es genuino bálsamo. Un tipo que piensa sus respuestas antes de contestar las preguntas, que no se muerde la lengua ni habla más de la cuenta ni dice tonterías. Un tipo que parece rezumar bondad, aunque mueva los labios como Steven Van Zandt en Los Soprano. Un tipo que no logra parar de reír –con risa muy contagiosa– cuando le preguntan si representa al catalán medio.
Aún a pesar de que ofrece una imagen algo sesgada del cantautor, este documental me ha llevado a revisar Jaume Sisa. El comptador d’estrelles (Empúries, 2015),  excelente libro-entrevista de Donat Putx, donde el entrevistado desgrana los principios de su filosofía galáctica: “un método que observa el funcionamiento y la inabarcable diversidad del universo (…), aplicable a la vida humana (…) y que comporta una vacuna automática contra el sectarismo, el fanatismo, la exclusión y la posesión de la verdad”.
He aquí una vacuna tan saludable como la de la covid. Y un sistema de pensamiento catalán (que nada tiene que envidiar a la Hiparxiología de Francesc Pujols, dicho sea de paso) basado en siete principios: “ironía, metafísica, sentimiento local –no territorial, sino personal–, inocencia, consciencia, mirada esférica y, por tanto, discurso propio”.
Gracias por todo eso, Sisa. Y, aunque el escondite te sepa a paraíso –al que, dices, se llega al vivir con alegría, sin lloros ni sufrimientos–, no seas tan caro de ver y escuchar.

(Publicado en "La Vanguardia" el 28 de noviembre del 2021)