El gran pateador de traseros

06.03.2016 | Opinión

Además de promotor inmobiliario, propietario de casinos, presentador de reality shows televisivos, multimillonario y cada día más probable candidato republicano a la presidencia de EE.UU., Donald Trump es el firmante de docena y media de libros. Entre ellos abundan los que empiezan su título con El arte… y lo acaban con …del negocio, …de sobrevivir o …de recuperarse. Pero quizás el que mejor le defina sea Piensa a lo grande y patea traseros en los negocios y en la vida. Este último título resume el ideario y la ética social del autor, como Meditaciones resumía los de Marco Aurelio o Ensayos los de Montaigne.

Desde Europa nos preguntamos: ¿cómo es posible que Trump, siendo tan zafio y pendenciero, haya llegado tan lejos? No ya en los negocios, donde la astucia y el afán de lucro imperan a veces sobre la rectitud o el interés general, sino en la política, donde se requiere cierta empatía con el elector. Ni siquiera para el arrollador Trump debería ser fácil sumar votos mientras criminaliza a los inmigrantes (siendo nieto de alemanes e hijo de  escocesa), ofende a las mujeres, insulta a los musulmanes, niega el cambio climático, cita a Mussolini o ­recibe el apoyo del Ku Klux Klan. Y, sin embargo, tras el supermartes de esta semana, ahí está Trump, encabezando la carrera republicana. Pese a pisar callos por doquier, pese a su peinado tipo Luis Aguilé (en rubio) y pese a los desesperados esfuerzos de su partido para desbancarle y dar con un candidato que evite una tercera derrota consecutiva ante los demócratas.

Creo tener una respuesta para la pregunta que abre el párrafo anterior. Trump ha llegado tan lejos porque es una estrella de la famosocracia, esa mutación actual y penosa de la democracia; también porque estimula los bajos instintos del sector más desfavorecido y rencoroso del electorado norteamericano; y porque prodiga sandeces que incendian las redes y le garantizan una insomne vigencia mediática.

La famosocracia, si me disculpan el neologismo, es una degeneración de nuestro sistema, en la que las celebridades medran a base de convertir su notoriedad en capital político. Trump lleva años cultivando dicha notoriedad, ya sea mediante sus matrimonios y divorcios con modelos o actrices, con sus concursos de Miss América adolescente, su equipo de fútbol o la vuelta ciclista que patrocina. Y, sobre todo, con su reality televisivo The apprentice –casi 30 millones de seguidores en la primera temporada–, que empezó como una especie de Gran Hermano donde Trump en persona despedía a los aspirantes a emprendedor fallidos (exhibiendo un sadismo que reduce a Risto Mejide a becario del mal rollo), y se transformó luego en The celebrity apprentice, protagonizado ya directamente por  un amplio elenco de famosos.

En este espacio, Trump ha abonado su imagen de superhéroe muñidor del sueño americano. Los ultraconservadores, los xenófobos, los frustrados y la white trash –el proletariado blanco– le jalean su verborrea desafiante, sus excesos y odios. Le aplauden, en suma, por ser rico, intimar con señoras de bandera, comportarse como un hooligan antiestablishment e ilustrar, como Berlusconi, la figura del César sin escrúpulos ni mala conciencia. Es más, Trump les nutre con sus salidas de tono, que le coronan como rey del telenoticias. ¿Para qué armar un discurso razonado y decente cuando puedes copar la atención pública a base de aguijonazos venenosos?
En las democracias avanzadas se dice que el poder reside en el pueblo. A decir verdad,  reside en los grandes operadores económicos. Pero, aún así, esas democracias constituyen un sistema preferible a, pongamos por caso, la cleptocracia rusa, donde las riendas económicas (y las represivas) están en manos del presidente y sus amigotes y sicarios. Y, por supuesto, muy preferible a  cualquier tiranía sin maquillaje. Pero la famosocracia, aún en fase germinal, tiene también su peligro. Cualquier sujeto que haya atesorado capital mediático suficiente, tras educarse en un reality, un concurso de comedores de calçots, un estadio de fútbol o en la prensa rosa, parte hoy con ventaja en la lid política. La gente ya le conoce. Y si además le adora acríticamente por su fama, mejor.

Estamos ante un nuevo y perverso paradigma de evolución social. Al parecer, poco importa ya que Obama llegara a la Casa Blanca con inteligencia y modales, siendo su primer inquilino negro. O que Hillary Clinton posea experiencia en la Administración y pueda ser la primera mujer presidenta de EE.UU. Ahora lo que gusta es que Trump ataque con saña las libertades civiles o la cultura democrática. Para muchos norteamericanos, para los que querrían ser famosos y vivir del cuento, Trump es el ejemplo. Aunque haya advertido que, en los negocios y en la vida, lo que suele hacer es patear culos… Si gana las elecciones, ya pueden ir preparando el suyo.
(Publicado en “La Vanguardia” el 6 de marzo de 2016)