El espía espiado

30.06.2013 | Opinión

Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, dice el viejo refrán. Hasta aquí, ningún problema. Pero ahora viene una analogía un punto enrevesada, que les ruego lean con atención: ¿tiene perdón quien es acusado de espía por las grandes potencias porque nos reveló que esas potencias espiaron a ciudadanos como usted y como yo?

La pregunta es de cajón a raíz del caso Snowden. Me refiero al analista de la agencia norteamericana de espionaje electrónico que filtró a varios diarios información sobre la colaboración de gigantes de la era digital como Apple, Google o Facebook con el espionaje de EE.UU., al que dichas empresas dan información sobre ciudadanos de a pie obtenida en sus redes con otros fines.

El espionaje es, de antiguo, una cosa muy fea. Suele vulnerar la seguridad nacional y supone, por parte de quien lo practica, el pase con armas y bagajes al enemigo. Por ello, cuando un país pilla a un espía (al servicio del país rival, se entiende) le castiga sin demasiados miramientos.

Esta figura clásica del espía sufre una revisión en nuestros días, debido a la revolución digital, que facilita la obtención y acumulación de informaciones, pero también su filtración. Julian Assange, cerebro del caso Wikileaks, vive confinado en la embajada de Ecuador en Londres desde hace un año. Sabe que si pone un pie en la calle, le detendrán y le pondrán a la sombra. El soldado Manning, que fue quien le pasó el material de Wikileaks, lleva ya tiempo entre rejas. Ambos hicieron posible la mayor filtración de documentos clasificados norteamericanos, en la que se incluía mucho informe de embajador tirando a inocuo y la indiscreta difusión –eso era más grave– de nombres de agentes. Hasta cierto punto, pues, se comprende el celo de las potencias a la hora de perseguir a los autores de esta filtración. Y más teniendo en cuenta que ciertos países que apoyan a Assange o Manning no son, precisamente, campeones de la democracia.

El caso Snowden, sin embargo, presenta un matiz distinto. El material por él difundido indica que ya no sólo son objetivos del espionaje nacional los enemigos del Estado. También lo somos los ciudadanos de a pie, gracias a la colaboración con el Estado de los gigantes de la revolución digital antes mencionados. Y es por ello que la actitud de Snowden nos enfrenta a un dilema moral muy propio de nuestra era, que no podemos resolver tachándole de espía, con todas las viejas connotaciones del término, y condenándolo de inmediato. ¿Merece cien años de perdón –bueno, digamos cincuenta– quien espía al espía que previamente nos espió? ¿Representa una amenaza para nuestra libertad? ¿O deberíamos preocuparnos más por la amenaza que comporta la alianza de los gigantes de la era digital con el Estado, dispuestos a complacerle siempre con tal de ir aumentando su enorme cuota de poder?

(Publicado en “La Vanguardia”, 30 de junio de 2013)