El cometa Casavella

14.02.2016 | Opinión

Días atrás asistí a la presentación de El día del Watusi, obra magna de Francisco Casavella, recuperada por Anagrama en un tomo de 891 páginas que reúne las tres novelas de la trilogía. La presentación fue un éxito. La librería Calders de Barcelona rebosaba público entregado. Los prologuistas de esta edición prodigaron elogios e hipérboles. Y el sarao terminó tarde, como le hubiera gustado al autor, muerto en 2008 a los 45 años.

¿A qué se debe la vigencia de Casavella, su progresiva consolidación como autor de culto? En primer lugar, a la calidad de su obra, manifiesta desde El triunfo (1990), un Hamlet ambientado en el Barrio Chino, con quinquis, rumba y léxico de su invención. Una calidad evidente asimismo en su último título, Lo que sé de los vampiros (2008), torrencial viaje por la Europa del siglo XVIII. O en El día del Watusi (2002-2003), su más ambicioso tour de force, escenificado en la zona de sombras de la transición.

Pero esa vigencia puede también atribuirse a un motivo extraliterario: Ca¬savella pasó por la vida y las letras como un cometa; como esos astros veloces que describen una órbita excéntrica y brillan cerca del sol. Eso fue –aproximarse al sol, quizás huyendo de sus oscuridades– lo que hizo Casavella siempre, aún a riesgo de quemarse. Pasó entre nosotros deslumbrando. Y sigue haciéndolo.

Disfruté del Casavella vivo durante unos veinte años. En 1990 publiqué en este diario una crítica entusiasta de El triunfo. En 2008 quiso que le presentara en Barcelona su último libro, Lo que sé de los vampiros. Entre una cosa y otra, leí sus otros títulos y no pocos de sus ar- tí¬culos. Y le traté. Recuerdo comidas que para mí eran un paréntesis en la jornada laboral y para él un trampolín hacia la noche de contornos imprevisibles. Recuerdo otras rutas que empezaron a media tarde en unos billares de Poble Sec y acabaron quién sabe dónde.

No cuento esto para dármelas de íntimo. No lo fui. Y el papel de viuda en el entierro me da grima. Lo digo precisamente por lo contrario. Era fácil estar con Casavella, pero podía ser inaprensible. Era sociable y compartía el espacio con la gente, sí, pero no siempre el tiempo. Iba por delante, rápido. Era velocista y, a la vez, fondista, en la vida y en las letras. Concibió libros como cumbres y los escaló con las ganas que echaba a sus correrías nocturnas: anticipó al ironman que sale zumbando de casa, corona su cinco mil y regresa a cenar sin aflojar el paso. Casavella murió joven y era extreme. También ahí radica su atractivo.

Casavella vino al mundo a bailar, no a ver a otros bailar. Y nosotros le seguimos, para cabalgar el cometa sin precipitarnos como Ícaro. Eso no es muy heroico, pero alarga la vida. En la presentación de El triunfo en 1990, el acelerado rumbero Ramonet –otro que cría malvas– se dirigió al público desde el estrado con palabras polisémicas y diáfanas: “Ustedes están ahí porque son inteligentes”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 14 de febrero de 2016)