El caso Limónov

17.02.2013 | Opinión

Si el partido lo exige, un auténtico bolchevique está dispuesto a creer que lo negro es blanco y que lo balnco es negro”. Son palabras de Piatakov, un colega de Lenin, que recoge Emmanuel Carrère en su novela “Limónov”, traducida por Anagrama. Fíjese el lector en que Piatakov halbaba de “creer,” no de “decir”. Se trataba de hacer cualquier cosa por el partido. Empezando por engañarse a uno mismo.

La experiencia y Orwell nos enseñan que la negación de la realidad, presente o histórica, es un recurso del poder para defender su status. El libro de Carrère trae más ejemplos e esa conducta grotesca. Cuando Beria, el temido jefe de la policía estalinista, cayó en desgracia y fue ejecutado, los suscriptores de la Gran Enciclopedia Soviética recibieron la instrucción de recortar el elogioso artículo que se le dedicaba u sustituirlo por otro sobre el estrecho de Bering. No bastaba con haber matado a Beria –que se ganó a pulso su final, digámoslo e paso-; había que borrarlo de la memoria. Fueron actos como estos lo que llevaron al historiador Malia a afirmar que el socialismo integral tenía más de ataque a la realidad que al abuso capitalista.

El estalinismo quedó atrás, Rusia está lejos y aquí vivimos en un régimen formalmente democrático. Pero a veces parece que las élites dirigentes de los partidos también se resisten a reconocer la realidad que ellas mismas moldean. En especial, cuando se desvelan irregularidades que les deslegitiman e invalidan para el cargo. Entonces, no contentas con negar la evidencia, intentan convencernos de que deberíamos dejar de pensar por nuestra cuenta y adoptar su punto de vista. Es una pretensión absurda e inútil, claro. Porque en una sociedad neoliberal e individualista como la nuestra abundan los tipos que sólo piensan en lo suyo; lo cual no siempre significa, exclusivamente, pensar en forrarse.

Eduard Limónov, el protagonista de la novela de Carrère, es uno de ellos. Nacido en la oscura provincia soviética, dotado de talento literario y espoleado por la ambición y el ansia e fama, Limónov se entrega a una imprevisible bohemia en Moscú, Nueva York o París. Siendo joven reparó en que, con tal de no dejarse avasallar, iba a vencer todo miedo, transgredir toda norma, olvidar todo pudor, romper todo tabú. “Limónov” es pues la fascinante biografía novelada de un ser excesivo y contradictorio, a la vez que libre de ataduras propias o ajenas. Es asimismo un retrato de medio siglo e historia rusa que pone los pelos de punta, y abarca desde el gulag soviético hasta el régimen autoritario de Putin, pasando por el desmembramiento de la Unión Soviética (que decretó Yeltsin borracho perdido, en la sauna, de jarana con los presidentes de Ucrania y Bielorrusia). Y, además de todo eso, este libro es un aviso: mientras haya personas libres y animosas, que miren la realidad de cara y combatan el engaño, el poder corrupto no podrá cantar victoria.