Hace ya dos semanas que cayó Kabul y faltan solo dos días para que concluya, entre atentados yihadistas, el plazo dictado por los talibanes para la evacuación de los extranjeros y los afganos que temen ser víctimas de su interpretación fundamentalista de la ley islámica. Una vez expire ese plazo, los talibanes tendrán el control del país (salvo el valle del Panshir) y podrán hacer con él y con sus habitantes lo que quieran. Empezando por acallar a los discrepantes. En particular, a quienes recuerdan con horror el régimen talibán de 1996-2001 y sus generalizadas restricciones de derechos. Y las de quienes ya sienten nostalgia de los veinte años de gobierno tutelado por EE.UU., cuando los recuperaron en parte.
Las mujeres integran el más amplio grupo afgano perjudicado por los talibanes. En su anterior gobierno, las encerraron en casa, les prohibieron estudiar y redujeron a la mínima expresión sus opciones laborales, además de someterlas a un código penal discriminatorio. Heather Barr, codirectora de la división de Derechos de la Mujer en Human Rights Watch, resumía ese régimen con precisión al afirmar en una entrevista en El País que “los talibanes impusieron el apartheid de género”. Y eso es lo que se disponen a hacer de nuevo.
Los talibanes identifican como sus enemigos a una larga relación de países extranjeros y de etnias y minorías locales (pastunes, hazaras, etcétera). Pero son las mujeres las que, por el mero hecho de serlo, integran el colectivo más perjudicado. La comparación implícita que hace Barr con el régimen sudafricano, en el que la minoría blanca impuso leyes que segregaban a los ciudadanos negros o indios, es concluyente. Los talibanes van a hacer con las mujeres, gracias a la aplicación de la sharía, algo parecido a lo que los blancos hicieron legalmente con los negros sudafricanos desde mediados del siglo XX hasta que hace ahora treinta años –se cumplieron el pasado mes de julio– fueron abolidas las leyes racistas.
Por su injusticia, su anacronismo y su crueldad, la misoginia de los talibanes produce un profundo rechazo en los países democráticos, donde no se admiten las discriminaciones por raza, sexo, credo u opinión. Las leyes en las que se escudan los talibanes son hoy inaceptables, ofensivas, miserables, además de una agresión a los valores de la libertad, la igualdad o el pluralismo. Mueven a compasión hacia quienes las sufren, pero difícilmente generan acciones útiles y efectivas para combatirlas. En parte porque desde el confort occidental se hace difícil intervenir. Y en parte porque, a medida que vamos recibiendo un alud de información sobre aquellos trágicos sucesos, desarrollamos un callo moral que nos hace progresivamente insensibles a la desgracia afgana. O a otras desgracias que afligen a otros congéneres en países remotos (o mucho más cerca: en nuestras costas).
Las callosidades convencionales suelen ser epidérmicas. Son endurecimientos de la piel que de manera natural se producen en zonas que pueden resultar dañadas por el roce continuado de, pongamos por caso, un zapato o una herramienta. Así convierten la zona amenazada en resistente; la acostumbran, la curten, la endurecen. Y, en definitiva, la hacen insensible a ciertos sufrimientos físicos.
Los callos morales son otra cosa. Para empezar, son invisibles. Porque no endurecen la epidermis, sino el corazón. Y porque no nos libran de un desgaste solo físico, sino que limitan nuestras emociones, reducen la empatía que debería producirnos el dolor ajeno, diluyen la compasión y alejan la posibilidad de que reaccionemos en favor de quien sufre.
Afganistán está muy lejos. A fuerza de oír lo mal que lo van a pasar sus habitantes nos vamos acercando a la insensibilización. Al encallecimiento y, por tanto, a la tácita denegación de auxilio. ¿Qué callista nos librará de este callo? Ninguno. A excepción de nosotros mismos, que debemos obligarnos a no olvidar lo que les está ocurriendo a las afganas. No es mucho pedir. Y es un primer paso para contribuir algún día, en la medida de nuestras posibilidades, a combatir los atropellos de los talibanes. Ahora mismo quizás no sepamos cómo hacerlo. Pero si las olvidamos, no los sabremos ya nunca.

(Publicado en "La Vanguardia" el 29 de agosto de 2021)