El mundo mira hoy a Francia, donde sería deseable que Emmanuel Macron le ganase las elecciones a Marine Le Pen. No porque el joven Macron despierte esperanzas de regeneración social, sino porque su rival de labios finos y dientes pequeños suscita los peores temores involucionistas. Pero no voy a hablarles de Francia, sino del Reino Unido, donde esta semana anunció su jubilación el duque de Edimburgo, que con 96 años cumplidos ha decidido cancelar su agenda pública. Su esposa Isabel II, de 91 años, seguirá en activo.

La primera reflexión que motiva esta retirada es que se produce 31 años después de lo que para muchos mortales es la edad reglamentaria de jubilación. Bien es cierto que la vida del duque, Segunda Guerra Mundial aparte, ha tenido más de representación que de acción. Pero, aun así, conservar el puesto hasta los 96 es infrecuente.

La segunda reflexión es que enmudece un as de la incorrección política. Felipe Mountbatten ha recibido tratamientos de príncipe y de duque, entre otros. Pero nunca de rey. Salvo en lo tocante a la metedura de pata, donde ha sido un número uno, tal y como han recordado los diarios ingleses en sus últimas ediciones.

Vivimos, desde inicios de la década de los noventa, bajo el régimen de la corrección política, que sin ser –todavía– comparable al del terror ha escalado ya cotas donde falta el oxígeno. Un régimen que, con buen criterio, empezó tratando de evitar el maltrato sufrido por razones de género, raza, enfermedad o discapacidad. Pero que luego se ha infatuado y ha tolerado excesos escasamente inteligentes cometidos en su nombre.

El jubilado que nos ocupa nunca pareció ser consciente de este imperio de la corrección política, y no ha tenido escrúpulos a la hora de entorpecer iniciativas diplomáticas con sus ofensas a colectivos nacionales. Como cuando dijo, en 1967, que “me gustaría mucho visitar Rusia, pero esos bastardos me mataron a media familia”. O de molestar en 1981, desde su burbuja palaciega, a los colectivos desfavorecidos, dirigiéndose como sigue a los afectados por la crisis: “Decíais que queríais tener más tiempo de ocio y ahora que estáis en el paro os quejáis”.

A base de practicar, el duque consiguió algunos golpes maestros. Como, por ejemplo, insultar a dos colectivos con un único comentario. En 1999, durante un encuentro con niños de la Asociación Británica de Sordos, en el que actuó una banda caribeña, les dijo: “Si escucháis esta música no me extraña que hayáis acabado sordos”.

Gran habilidad la del duque dimisionario, merecedor del título de rey vitalicio de una incorrección que afectó incluso a su esposa y jefa, famosa por sus tocados, a la que tras la coronación preguntó: “Pero, ¿de dónde has sacado ese sombrero?”

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 7 de mayo de 2017)