El arte de esconderse

17.07.2016 | Opinión

Semanas atrás, el International New York Times publicaba en portada una información titulada Los mejores museos que nadie puede ver. Hacía referencia a los millones de obras de arte que se ocultan en almacenes libres de impuestos, usados por esa minoría de la población que controla la mayoría de los recursos mundiales.

En sentido estricto, no hablamos de una novedad. Ya en el siglo XIX había puertos francos semejantes, entonces destinados a guardar productos agrícolas o industriales en tránsito. Pero la bonanza del mercado artístico, con ventas de arte globales superiores a los 60.000 millones de dólares en los últimos años, ha propiciado el crecimiento de estos refugios seguros y confidenciales para bienes lujosos. Sólo en Europa habría unos cuarenta, diez de ellos en Suiza, todos colmados de pintura, escultura, joyas, vino de añadas gloriosas y otras riquezas que evocan la cueva de Alí Babá.

Las ventajas de este servicio, fiscalmente asentado en tierra de nadie, son claras. La compra de un cuadro en una subasta neoyorquina por, pongamos, 50 millones de dólares, lleva aparejada unos impuestos de cerca de 5 millones de dólares. El pago de dicha cantidad queda aplazado si tal cuadro se deposita en uno de estos depósitos francos, donde puede permanecer por tiempo indefinido. Para cuantos consideran el arte una mera inversión (y no sólo para ellos) la propuesta es tentadora. En particular, si han comprado para revender, prefieren abonar gastos de almacenamiento antes que impuestos, y no sienten la menor necesidad de contemplar la obra adquirida.

En los países desarrollados suele estar en vigor el Impuesto del Valor Añadido (IVA), con el que se grava el consumo, ya sea el asociado a transacciones comerciales o prestación de servicios. En España, la ley que lo regula data de 1992 e incluye una variedad de aplicaciones y porcentajes. Sin ir más lejos, el IVA asociado a las actividades del sector cultural subió hace cuatro años del 8 al 21%. Este sería ya un motivo de peso para revisar la existencia de puertos francos, así como su chirriante engranaje en el sistema legal: resulta más bien incomprensible que un asalariado deba pagar un plus al adquirir un libro y que un potentado se ahorre millones tras comprar un Picasso. Pero hay otros motivos.

Cada obra de arte digna de ese nombre es una voz que jamás debería silenciarse, encerrada en una cámara acorazada. Un cuadro sin público es como un edificio sin habitantes o una obra de teatro sin espectadores. Quizás llegue a satisfacer a sus autores, pero se verá privada de lo que realmente le otorga sentido. Aunque esta quizás sea una visión romántica y trasnochada de la realidad. Lo que más complace a quienes ya tienen mucho dinero es tener más. Y lo que más les gusta del arte, pese a que fue específicamente creado para ser visto, es que se pueda esconder… y así se libre de impuestos. Hay gente para todo.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 17 de julio de 2016)