Domingo de Resurrección

27.03.2016 | Opinión

Sevilla suele abrochar su programa de Semana Santa con la procesión de la hermandad de la Resurrección. Como es sabido, la gran noche sevillana es la madrugá del Jueves Santo al Viernes Santo, cuando desfilan la Macarena, el Gran Poder, la Esperanza o los Gitanos, entre otras cofradías. Pero el Domingo de Gloria, al alba, sale el cortejo de La Resurrección, que, dado su nombre y lo que significa en el orbe católico, es algo más alegre que las ya citadas. Y mucho más, huelga decirlo, que el del Silencio, que en la madrugá acredita una seriedad extrema.

En mi juventud, el verbo resucitar estaba estrechamente vinculado a la fe cristiana. La resurrección de Jesucristo es, de hecho, un pilar de esta religión, la supuesta prueba de que hay un más allá. Por ello se conmemora cada año en tal día como hoy, recordando a los cristianos que también ellos se levantarán de entre los muertos, con las carnes tersas y sonrosadas, a punto para la vida eterna.

Ahora es distinto. Si le preguntan a un español entrado en años qué es un resucitado, quizás les mencione aún a Jesucristo. Pero si le preguntan a un joven acaso lo asocie a un zombi, esos cadáveres andrajosos, a medio pudrir, que salen de la tumba para dar la lata a los vivos.

Los zombis tienen su tradición literaria, gracias a autores como Lovecraft o Poe. Pero ha sido en los últimos decenios, merced a videojuegos, cómics, cine de miedo y otros vehículos de la cultura popular, cuando han ganado más fama. El vídeoclip Thriller, dirigido por John Landis, en el que Michael Jackson cantaba rodeado de zombis (y convertido él mismo en uno) marcó época. La teleserie The walking dead es un éxito global. Y, a menudo, estas ficciones saltan a la vida real: cada año decenas de miles de fans de los zombis se juntan en ciudades americanas o europeas, con tanto entusiasmo como los sardanistas acuden al aplec. Hace dos semanas, un juego de rol reunió en Terrassa a 3.500 participantes, la mitad venidos de fuera, que dedicaron la noche a evitar la mordedura de los 200 zombis con dientes afilados que vagabundeaban por las calles. Esos 3.500 congéneres se pirraban, al parecer, por vivir dentro de una película de terror.

A veces me pregunto a qué viene esta moda de los zombis de ficción. No hacen ninguna falta: miro alrededor y veo zombis reales a porrillo. Tipos que todavía no tienen el certificado de defunción en regla, pero que en términos vitales e históricos están muertísimos. ¿Quieren ejemplos? Podría señalar con el dedo hacia la Moncloa o la Generalitat. Pero también podría señalar hacia Cuba, hacia ese Raúl Castro que el lunes dio una rueda de prensa hedionda. O hacia su hermano Fidel, que el día anterior se fotografió en su calidad de vicemuerto político y humano con Nicolás Maduro (otro que tal). O hacia tantos otros que van de vivos pero están fiambres, por mucho que, aparentemente, hayan llegado hasta este domingo de Resurrección.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 27 de marzo de 2016)