Diplomacia artística

22.12.2013 | Opinión

Delacroix pintó “La liberté guidant le peuple” en 1830, a raíz de las Trois Glorieuses, revuelta popular contra el programa antiliberal del rey Charles X que acabó con su abdicación. Este cuadro se ha convertido en emblema de libertad y símbolo de los valores republicanos derivados de la Revolución Francesa; de hecho, trasciende su dimensión artística para convertirse en proclama política. Tanto es así que, en 1956, Francia le organizó una intencionada gira tras el Telón de Acero, por Varsovia, Moscú y San Petersburgo, al fin abortada. Y ahora vuelve a ser tema de debate porque Laurent Fabius, ministro de Exteriores francés, quiere enviarlo temporalmente a China como guinda de los actos del cincuenta aniversario del reconocimiento diplomático del régimen de Pekín por París.

La diplomacia del arte no es una novedad. Raramente una exposición resuelve diferencias entre países, pero las naciones que atesoran grandes pinacotecas consideran de buen tono prestar alguna de sus joyas únicas. Bien está hacerlo si la cesión da réditos. Pero eso no significa que sea siempre la mejor diplomacia. A veces funciona mejor la diplomacia del ping-pong, como la que aplicó Kissinger para el deshielo con China.

El préstamo del Delacroix a China –junto a piezas de Picasso, Renoir, Léger o Soulages– no ha empezado bien. En Francia, los guardianes del patrimonio le dicen a Fabius que el cuadro no está para trotes. Que ya viajó a Japón, que acaba de regresar de un año en Lens, donde coronaba la exposición inaugural de la subsede del Louvre, y que sus dimensiones (325 x 260 cm.) acentúan su fragilidad. Desde Pekín, la cesión también presenta aristas. No es probable que el régimen chino, criticado en Occidente por restringir la libertad de sus ciudadanos, ignore el significado del cuadro, ni que esté deseando que le den un pictórico y sutil tirón de orejas.

Todas esas reservas podrían salvarse si la exposición del cuadro en el gigante asiático fuera un éxito. Pero eso está por ver. Lo que en Francia se valora como un exquisito favor cultural puede recibirse en China como algo de limitado interés. Procede recordar que en el pabellón de Francia de la Expo de Shanghai (2010) las masas de visitantes pasaban de largo ante joyas como “El Angelus” de Millet o “El balcón” de Manet, y se precipitaban hacia la siguiente “atracción”: un stand de productos de lujo Louis Vuitton que colmaba los sueños aspiracionales del sabio pueblo chino.

Lo diré con gran dolor de mi corazón: si la diplomacia es el arte de gestionar las relaciones entre países (y de obtener de ellos lo que se quiere y además contentarles), lo mejor que puede hacer Francia es enviar a los jefes del Partido Comunista un bonito lote de productos de lujo. En un país donde algunos familiares de altos dirigentes acumulan fortunas millonarias o conducen ferraris, ese gesto sería sin duda muy bien acogido.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 22 de diciembre de 2013)