Ha pasado medio siglo desde la última vez que fui al Camp Nou a ver un partido. No soy aficionado al fútbol en general ni forofo de un equipo en particular. Eso me inclina a observar lo que ocurre ahora en el Barça con cierta frialdad. Y lo que observo me recuerda a la escena de la película Go West (1940) en la que los hermanos Marx destrozan a hachazos un tren, vagón tras vagón, para tener madera que echar a la caldera y mantenerlo en marcha, aun a riesgo de acabar con él.
Derribar una construcción no es tarea sencilla. Sobre todo, si se aspira a hacerlo sin daño para quienes la demuelen ni para los vecinos. Una organización tampoco se desmonta de la noche a la mañana. En ambos casos se aconseja seguir un método y perseverar. Eso parece ser lo que hacen o toleran los directivos del Barça, paso a paso, sin que hasta ahora hayan sabido o querido evitarlo. Este club, que tuvo a un constructor poco escrupuloso como presidente, tendría ahora al frente a expertos en demoliciones.
La demolición del Barça ha tenido dos fases superiores, la económica y la deportiva, caras de una misma moneda. En lo económico, la situación es catastrófica: gracias a una gestión irresponsable, cuya falta de visión de futuro resulta injustificable, la deuda del club ronda ya los 1.500 millones de euros. La cara deportiva de esa moneda es fruto de la económica. La afición del Barça ha asistido, atónita, a la liquidación de las grandes estrellas, a las que, con tal de ahorrarse sus salarios, se animó a enrolarse en equipos rivales, sin recibir gran cosa a cambio y con cuentas pendientes, cuando hace pocos años se hubieran podido traspasar por fortunas. Eso propició, claro, el debilitamiento del equipo, que no se ha resuelto con el ascenso al Barça de jóvenes del Barça B, obligados a cargar con mucha responsabilidad demasiado pronto. Otro despilfarro. Porque una cosa es echar a las vacas sagradas, muy consentidas y más o menos amortizadas, y otra es jugarse el futuro.
Así las cosas, el equipo vaga por la zona media de la tabla, hace méritos para caer más bajo y tiene mal pronóstico en la Champions. Lo cual puede acarrear nuevos efectos económicos, de perderse la benéfica recaudación europea. Por no hablar de los efectos sobre la moral del equipo y la de su hinchada, de inagotable buena fe.
Todo ello sucede con el proyecto de remodelación del estadio empantanado. Ese proyecto no es un capricho: lo exige la adecuación a la normativa vigente. Tampoco hay dinero para eso, pero el presupuesto de la obra ya se ha doblado y sería hoy inasumible (sin recurrir a soluciones que podrían enajenar el control de la entidad).
La penúltima –y actual– fase de esa destrucción sistemática del Barça es la dilapidación de su patrimonio inmaterial. Una vez derrochados los fondos económicos –tangibles o imaginados–, agonizante su crédito bancario, malbaratados sus astros, erosionado su nombre y ahuyentados tantos fieles seguidores –al partido con el Alavés solo fueron 37.278–, el Barça quema ahora el prestigio de algunos de sus mitos en la pira voraz de la mala gestión.
A Messi, que esta semana se postuló como futuro secretario técnico, un presidente le concedió todo lo que pidió y el actual no dudó en emborronar su imagen. El modo en que el entrenador Koeman ha sido maltratado por Laporta, y luego despedido, ha empañado su perfil de héroe de Wembley, donde aseguró la primera Copa de Europa del Barça y subió al olimpo blaugrana. Ahora el elegido para sustituirle en la banqueta/silla eléctrica del Barça parece ser Xavi, que puede mejorar el juego del equipo, pero no debe descartar convertirse en otro fusible presidencial, en la próxima leyenda oscurecida y sacrificada. Hay más. Otras viejas glorias han sido tentadas para asumir altos cargos en el club. Y siempre queda Guardiola en el horizonte.
Los turistas volcánicos vuelan estos días a La Palma, fascinados por las imágenes de su erupción. Pero no hace falta ir allí para asistir a un espectáculo de destrucción: el volcán del Barça sigue activo y, a diferencia de la catástrofe palmera, no se contenta con dilapidar su patrimonio material: también devora, insaciable, sus leyendas. ¿Qué quedará del tren del Barça cuando todas ellas hayan ardido en su caldera?

(Publicado en "La Vanguardia" el 7 de noviembre del 2021)