Es verano, el sol aprieta y vamos ligeros de ropa. En la playa, por supuesto. Y, también, en la calle. Sobre todo, quienes desean lucir su musculatura de gimnasio, sus últimos tatuajes, sus nuevos implantes mamarios o sus glúteos realzados. Asistimos, en plena canícula, al apogeo de la anatomía, a la exhibición desinhibida de este reclamo primario, ahora tuneado a gusto de cada cual.
Hace años que la cirugía plástica es un negocio saneado y que proliferan las clínicas especializadas. Al parecer, casi todo puede retocarse y, en ocasiones, embellecerse: el busto, la nariz, los párpados, los pómulos... Y también el trasero, cuya reparación ha ganado mucho público: el número de operaciones en esa zona posterior suma cientos de miles y crece un 30% cada año.
Un culo flácido y desmayado produce en ciertas personas una severa pérdida de autoestima. Para recuperarla, hay quien usa fajas levantadoras o bragas moldeadoras de quita y pon. Y hay quien pasa por el quirófano, donde podrá implantarse unas prótesis de silicona ad hoc o, si lo prefiere, rellenar las nalgas con grasa sobrante de otras partes de su cuerpo. Llamo la atención sobre el componente ecológico y sostenible de esta opción. (Aunque he visto fotos de recipientes colmados de dicho producto y, pese a ser tan natural y genuino, produce repelús).
Los desheredados (económicos y culturales) pueden llegar a envidiar a quienes se someten a la moderna gluteoplastia. Y, si no les alcanza el presupuesto, recurren a veces a chapuzas. Lo saben bien en los hospitales, donde ingresan de urgencia pacientes aquejados de infecciones o necrosis tras inyectarse a lo bruto silicona acética (la que se usa para sellar juntas de vidrio o cerámica).
Unos y otros, tanto los que visitan clínicas postineras como los que confían su sex-appeal a un producto de ferretería, obran a menudo hechizados por las redondeces extremas de influencers, cantantes, actrices y demás benefactores de la humanidad que lucen su físico en las redes: Jennifer López, las Kardashian, Nicki Minaj, etcétera.
A todas ellas debemos el auge de estas prótesis y de la ortopedia (que antes servía para corregir deformidades, y ahora las genera), así como sus efectos menos agradables. A todas ellas y, también, a un reblandecimiento generalizado, esta vez no cular sino cerebral. En la época de la hipercomunicación, se encumbra como guías colectivos a celebridades que no sabrían enseñarnos mucho más que su culo. Y que desoyen el consejo de Montaigne, que en su ensayo El desmentir nos dice: “No es decoroso darse a conocer salvo si se tiene algo en lo que hacerse imitar, y una vida y unas opiniones que puedan servir al mundo”. Recomiendo emplear unas horas del verano –entre culo y culo– a releerle.

(Publicado en "La Vanguardia" el 22 de agoso de 2021)