CADA diciembre The Economist publica un número especial, en el que se asoma al nuevo año y trata de anticipar lo que nos deparará. El publicado hace unas semanas –The world in 2017– da un poco de miedo. Y no sólo porque nos recuerda que en enero Trump asumirá el poder en EE.UU., o que las elecciones en Francia, Holanda o Alemania pueden alentar nuevos populismos en una Europa ya muy averiada. También porque todo eso va a ocurrir sobre un fondo de efemérides revolucionarias, empezando por el centenario de la Revolución Rusa o los 50 años de la muerte del Che Guevara.

La idea de cambio regresivo está en el aire. Como lo está, vistos los proyectos de Trump, la idea de que se cierra un ciclo de globalización y desigualdad y se abre otro de aislacionismo… y desigualdad. Con la posibilidad, para mayor desgracia, de que volvamos a incurrir en viejos errores. Hace tan sólo un año que se publicó en España El fin del ‘Homo sovieticus’, de la premio Nobel Svetlana Aleksiévich, donde ciudadanos rusos evocaban su vida bajo un régimen comunista ya pasado. Sin embargo, Putin se exhibe actualmente como un renovado líder mundial, pese a sus alarmantes déficits democráticos y económicos. Decía uno de los encuestados por Aleksiévich: “Ahora estamos construyendo el capitalismo bajo la dirección del KGB”.

Uno puede dar crédito a todo lo que dice The Economist y echarse a temblar. O puede ponerlo en cuarentena. Al fin y al cabo, The world in 2016 no anticipó –no fue el único, ciertamente– el triunfo de Trump. Pero probablemente lo más sensato no sea ni una cosa ni la otra, sino otras dos. Una, fijarse más en los mensajes positivos que en los negativos. Por ejemplo, en los lanzados por el joven premier canadiense Justin Trudeau, que en tiempos de cerrazón propone una sociedad abierta, que dé la bienvenida a las nuevas ideas, a las formas de pensamiento creativas y a diferentes culturas y personas. “Siempre antepondremos –proclama Trudeau– la esperanza al miedo, y la diversidad a la división”. Y, dos, olvidarse de la actitud propia del espectador asustado y abrazar la de quien está dispuesto a actuar para evitar que la realidad se tuerza más. Maria Alyokhina, miembro del grupo Pussy Riot, que contribuye con un artículo a The world in 2017, lo tiene claro: “El telón de acero no es un concepto político del siglo XX, sino un muro de desconfianza construido por cada uno de nosotros cuando no asumimos nuestra responsabilidad”.

Alyokhina tiene razón en eso. Y también la tiene cuando dice que la principal revolución que cabe esperar es la que se produce en el interior de cada uno de nosotros cuando decidimos superar miedos, dejar de ser espectadores y actuar. No son tiempos para celebrar revoluciones que trajeron demasiada muerte ni para amilanarse ante los contrarrevolucionarios. Son tiempos para superar las primeras y plantar cara a los segundos.

 

(Publicdo en "La Vanguardia" el 1 de enero de 12017)