Del bálsamo a la urticaria

08.09.2013 | Opinión

Hay algo peor que estar en crisis: que te digan que ya estamos saliendo de ella y tú no notes nada.

Luis de Guindos, ministro de Economía y Competitividad, afirmó esta semana que prevé un ligero crecimiento de la economía española hasta fin de año. Y a continuación añadió que “todavía falta para que los ciudadanos lo perciban”. Alabada sea su sinceridad.

Porque, tras años de declaraciones tipo “habrá que sacrificarse” y “esto va a ser muy duro”, verificables de inmediato, empezamos a oír ahora voces gubernamentales que pregonan cierta recuperación, sin especificar cómo se concretará ni a quién beneficiará. El Fondo Monetario Internacional opina, entre tanto, que nuestra tasa de paro seguirá por encima del 25% dentro de cinco años; y Bruselas sugiere que todavía no nos las muy prometamos felices. Pero en España los que mandan reiteran una y otra vez declaraciones tipo “ya hemos tocado fondo” –Guindos, siempre eufemístico, prefiere hablar de “suelo”–, “a partir de aquí se inicia la recuperación”, “hay datos positivos”, “se ve luz al final del túnel” y blablablá.

Con tanto bálsamo verbal, los millones de españoles parados sienten irrefrenables deseos de acercarse a restaurantes estrellados y ponerse a descorchar botellas de champán para festejar la buena nueva. Pero enseguida reparan en que siguen desempleados, sin bebidas en la nevera ni acceso a dichos restaurantes. La fiesta no van con ellos. La caída de la economía española la sintieron en carne propia –les cayó, literalmente, encima–, pero su anunciada recuperación parece ignorarles. De momento, sólo la perciben quienes creen poder recuperar algo de tirón popular anunciándola una y otra vez ante la plebe achuchada.

Son tantas las ganas que tenemos de salir de la crisis que ya hay quien da por hecho lo que sólo ha deseado o entrevisto. La ministra Elena Salgado fue, en este sentido, una precursora. Su videncia –iba a decir visión, pero fue videncia– de brotes verdes cuando el fuego de la crisis avanzaba descontrolado y reducía el arco cromático de nuestra economía al negro ha sido objeto de muchas chanzas. Qué ingrata es la política. Qué poco aprenden los políticos de los traspiés de sus colegas. Y qué pocas ganas tienen de madurar y dejar de tratar a los ciudadanos como si fueran niños, ciegos o lelos.

Quiero decir que quienes vocean ahora indicios de recuperación ante jóvenes forzados a la emigración o ante jubilados a los que se priva de servicios públicos básicos deberían comportarse con la mayor de las cautelas. Por respeto a los votantes, ya que está feo levantar expectativas de incierto o remoto cumplimiento. Y por interés propio, ya que hablan para congraciarse con los ciudadanos, y si la recuperación, en lugar de materializarse pronto, no es tangible el año que viene ni el otro ni el otro, sus palabras tendrán un efecto más urticante que balsámico. Al tiempo.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 8 de septiembre de 2013)