De Oslo a Alejandría

18.08.2013 | Opinión

Pregunta: ¿qué tienen en común la Biblioteca de Alejandría y la Ópera de Oslo? Respuesta: su condición de equipamientos culturales, el arquitecto que las diseñó y poco más.

En efecto, fue el despacho noruego Snøhetta el que proyectó y construyó la nueva Biblioteca de Alejandría, abierta en 2002. Y fue también Snøhetta el despacho que dibujó y edificó la Ópera de Oslo. Los parecidos, sin embargo, acaban aquí. La biblioteca ha sido uno de los primeros objetivos atacados por los seguidores del depuesto presidente Mohamed Morsi tras la tremenda carnicería que han sufrido –y siguen sufriendo- estos días a manos de la policía y el ejército de Egipto. La ópera es, por el contrario, un motivo de orgullo ciudadano y un polo de cultura a partir del cual la capital noruega está transformándose y proyectándose hacia el futuro.

A lo largo de los últimos años, muchas ciudades han decidido construir grandes museos, óperas o bibliotecas, firmados por arquitectos de renombre, convencidas de que suponen un atractivo urbano y un estímulo para el turismo, la economía e incluso la cultura. El caso de Bilbao y el Guggenheim de Gehry, inaugurado en 1997, es el gran paradigma. Pero Alejandría, cuyo proyecto para levantar una nueva biblioteca data de 1987, fue también una villa pionera. La asistían, además, dos factores singulares. Uno era el recuerdo de la originaria biblioteca de Alejandría, fundada por Ptolomeo I en el año 295 a.C., que llegó a reunir 900.000 manuscritos y fue la mayor de la Antigüedad. El otro era la larga experiencia de Egipto, el país de las pirámides, a la hora de atraer al turismo con argumentos históricos y culturales.

Por desgracia, los dos factores que ahora definen la coyuntura en Egipto son de otro signo: la exclusión del contrario y el uso aberrante de las herramientas que nos brinda el progreso. Respecto a la manía excluyente recordaremos que el presidente Morsi aprovechó su victoria democrática para islamizar las instituciones y arrinconar a las minorías. Y añadiremos que ese tic viene de lejos: el califa Omar I decía al referirse a la biblioteca original que “si no contiene más de lo que hay en el Corán es inútil y es preciso quemarla; si contiene algo más, es mala, y también es preciso quemarla”. Tanta inquina tuvo su recompensa: la biblioteca fue definitivamente incendiada y destruida en el siglo VII. Algo parecido podríamos decir del gobierno comandado por el general al Sisi, que parece dispuesto a borrar del mapa a sus opositores, haciendo un uso aberrante de las herramientas que le brinda el progreso. Porque no solo la biblioteca de Alejandría, con su componente bimilenario de sabiduría y, por tanto, de progreso, ha sido objeto de ataques y destrucción. Esta semana también hemos visto a las fuerzas del régimen militar usando helicópteros para lanzar gases lacrimógenos a mansalva, bulldozers para arrasar campamentos y armas ligeras de precisión para matar a manifestantes inermes desde azoteas y tejados.

¿Qué va a ser de Egipto? ¿Cuántos años tendrán que pasar para que los egipcios, ya sean pueblo llano o generales, aprendan a convivir sin pretender someter o aniquilar a quienes piensan distinto? ¿Cuánto tiempo falta para que un equipamiento cultural goce en Alejandría del mismo reconocimiento que disfruta en Oslo?

(Publicado en “La Vanguardia” el 18 de agosto de 2013)