Soy tan anarquista que cruzo la calzada por el paso de peatones para no tener el menor contacto con la policía”. Son palabras del cantautor francés Georges Brassens, de cuyo nacimiento se cumple ahora –el próximo día 22– un siglo. ¿Quiere eso decir que Brassens era un anarquista militante? Qué va. La militancia no iba con su espíritu indomable. Sus ideas podían parecerse a las de Proudhon, Kropotkin o Bakunin. Pero jamás siguió como un doctrino a los prohombres del anarquismo. Se limitaba, porque así lo sentía, a expresar su antiestatalismo –fuera cual fuera el Estado–, su poca admiración por el ejército o su aversión a la explotación del hombre por el hombre. Porque era un firme partidario de la igualdad y, a la vez, de la independencia del individuo.
Brassens era pues un contestatario, una persona que mediante sus canciones protestaba y expresaba su rechazo a la organización social. Algunos quizás pensarán que su ejemplo cundió, puesto que ahora el mundo abunda en contestatarios. Pero no son de su estirpe, raramente se le pueden comparar. Son muchas veces quejicas de última generación, soñadores anacrónicos (y obnubilados) y revolucionarios de salón, que no operan ya en las barricadas sino en el ámbito académico y en el funcionariado institucional, a sueldo del orden que dicen querer subvertir. Es decir, personas con cierto rostro y abonadas a diversas formas de la cultura de la queja que tan bien cartografió hace ya casi tres decenios Robert Hughes en Culture of complaint.
La lista de contestatarios es larga, todos ustedes la conocen y a menudo la padecen. Digo que es larga y podría añadir que, por lo general, sus integrantes son a cual más avinagrado. Jamás sugieren. Prefieren exigir con cara de pocos amigos. Son esos apóstoles del nuevo canon académico que querrían despeñar a los fundadores de la cultura occidental y sustituirlos por figuras cuyo mérito es a veces ser ajenas al heteropatriarcado eurocéntrico. O son los heraldos de la cultura de la cancelación, ahora en boga, que ha tratado de normalizar y blanquear el feo boicot: cuando alguien opina distinto, se le retiran los micrófonos y adiós muy buenas.
En nuestra pequeña aldea no faltan los contestatarios que acaparan cargos en el establishment y, a la vez, votan por un partido antisistema. O esos presidentes –en esto sí que somos una sociedad pionera– que jalean a los alborotadores y abandonan a su policía. O que cada vez que abren la boca para hacer declaraciones amontonan descalificaciones, medias verdades y exageraciones sobre su rival. Como si no fuera bien sabido que la exageración de un discurso solo prueba sus debilidades.
La contestación se ha convertido por tanto en actividad rentable, excluyente, amarga y descuidada. No diré que todas las situaciones injustas puedan corregirse a besos. Pero sí recordaré que hubo contestatarios que no perseguían el dinero o el relieve social, ni el “Quítate tú pa’ ponerme yo” que cantaba, con intención menos aviesa, Celia Cruz. Hubo contestatarios que protestaban con inteligencia superior, con mejor humor, que soñaban un mundo de veras fraterno e hicieron de la contestación un arte.
Y aquí volvemos, claro, a Brassens, el cantautor de Sète, un campeón imbatible a la hora de combinar en sus canciones el humanismo con la irreverencia, la ternura con la salida de tono, el anarquismo con un orden ético insobornable y el humor con la lírica más exquisita.
Brassens murió con solo 60 años, en el otoño de 1981, aquejado de un cáncer de estómago. Pocas personas han dejado un hueco tan grande y, sin embargo, tan bien cubierto por los 250 temas de su cancionero, que a diferencia de sus queridas margaritas y sus queridos crisantemos es inmarcesible. Acaso porque en él supo destilar los sentimientos personales asociados al amor o la amistad y fundirlos con un espíritu crítico fuerte como su musculatura de levantador de pesas. Con un ardor inclemente, pero siempre jocoso, ante los excesos de la patria, la religión, la judicatura, la policía, etcétera; también ante sus profetas, sus criados y sus víctimas más dóciles.
A Brassens le gustaba esta cita de Voltaire: “Alguien me ha dicho que el primer profeta fue el primer sinvergüenza que se encontró con un imbécil”. Sacré Brassens!

(Publicado en "La Vanguardia" el 10 de octubre de 2021)