Cristina en el punto de mira

14.04.2013 | Opinión

No voy a hablar, en esta nota, de la infanta Cristina. Los aficionados a la caza mayor –no de elefantes, sino de “royals”– quedan pues eximidos de su lectura. Hablaré de Cristina Fernández, viuda de Néstor Kirchner, a quien sucedió en la presidencia argentina. Ella también sale mucho en la prensa. Pero, a diferencia de la infanta, que ahora preferiría ser invisible, Fernández aprovecha cualquier ocasión para lucirse. La penúltima se la ha dado José Mujica, presidente uruguayo, que se refirió a ella sin percatarse de que tenía un micro abierto delante. “Esta vieja es peor que el tuerto. El tuerto era más político. Esta es más terca”, dijo Mújica. Al ministro de Exteriores argentino le faltó tiempo para convocar al embajador uruguayo y entregarle una carta muy ofendida, en la que rechazaba las “denigrantes” palabras de Mújica.

¿Había para tanto? No. Al hablar del tuerto, Mujica aludía a Néstor Kirchner, que era un gran estrábico. Y, al hablar de la vieja, se refería a Cristina Fernández, usando quizás el extendido y familiar apelativo que en Sudamérica vale para madres, esposas y damas en general. Tampoco está feo, por otra parte, llamar político a un político, al menos mientras la Real Academia no recoja el sentir popular y añada una acepción negativa a esta voz. Y ser terca equivale a ser obstinada o caprichosa. Nada gravísimo.

¿A qué viene entonces el calentón de Cristina, si la frase de Mujica era descriptiva? Pues quizás quepa inscribirlo en la tradicional amistad entre gobiernos argentinos y uruguayos, con raíces decimonónicas como la Liga Federal o la Guerra Grande, y con razones actuales asociadas al turismo, las inversiones cruzadas, el comercio y la administración de ríos compartidos. Por no hablar de heridas futbolísticas: la victoria de Uruguay sobre Argentina en la final del Mundial de 1930 es un puñal en el corazón siempre exaltado de la afición albiceleste.

Ahora bien, aún considerando tales antecedentes, la indignación de Cristina resulta tan excesiva como improcedente, porque ella, precisamente ella, pasa por ser la reina del comentario torpe, despectivo, pendenciero e incluso insultante. De hecho, la presidenta se ha enfrentado ya con todo quisque: desde el actual Papa, cuando era arzobispo de Buenos Aires, hasta el actor Ricardo Darín; desde el diario Clarín hasta Repsol o el FMI; y también a muchos países, de Brasil a EE.UU. pasando por México; y a Europa entera, a cuyos ciudadanos tildó de “medio xenofóbicos”.

¿Quiere todo esto decir que censuro los insultos en política? No siempre. A veces son una delicia. Por ejemplo, el de Churchill a su sucesor: “Un taxi vacío llegó al 10 de Downing Street y, al abrirse su puerta, se bajó Clement Attlee”. Pero, claro, este tipo de delicias son el fruto de inteligencias superiores, y no de otras cuyo paso por el palacio presidencial coincide con un espectacular incremento de su patrimonio particular.

(Publicado en “La Vanguardia” el 14 de abril de 2013)