Verdean en estos días primaverales los campos de Castilla y León, tan extensos que solo terminan allí donde empieza el cielo. También verdea la Junta de Castilla y León, donde el lunes fue investido presidente el popular Alfonso Fernández Mañueco, con el apoyo ultraderechista de Vox, (partido que usa el verde como imagen de marca); y que gracias a tal respaldo ha sido recompensado y blanqueado por el PP con su primer acceso a un gobierno español.
La primera cosa que no se entiende en este episodio de calado histórico es que Mañueco haya definido como beneficioso para la “calidad democrática” el pacto “sin complejos” entre su partido –que tiene vocación de Estado y de gobierno– con Vox –que es xenófobo, antifeminista, antieuropeísta y antiautonomista–. ¿Nos toma el pelo? Este pacto es aritméticamente comprensible. (Y atribuible en parte al PSOE, que no ayudó). Pero no veo cómo beneficiará la calidad democrática la alianza con quienes rechazan el pluralismo, base de la democracia. Más bien diría que será dañino. Para el PP y para todo el país.
La segunda cosa que no se entiende es que el nuevo líder popular, Alberto Núñez Feijóo, que se estrenó en el congreso de Sevilla, hace dos semanas, con un discurso moderado para tomar distancia de su antecesor, avale ahora ceder ante las exigencias de Vox. Y, hecho esto, no se entiende que remolonee a la hora de comparecer en el parlamento castellanoleonés y arriesgarse a que le fotografíen con el líder de Vox. El pacto es ya un hecho que tal foto no va a empeorar, puesto que el PP ya ha claudicado ante Vox al poner fecha al trámite de leyes ultraderechistas (las de Violencia intrafamiliar y Concordia).
La tercera cosa que no se entiende es que la actual coyuntura económica dé alas a Vox. Una cosa es admitir que la inflación y el empobrecimiento que de ella se derivan genere descontento entre quienes ya no pueden pagar la electricidad. Otra bien distinta es convertirse en votante de Vox presuponiendo que podrá revertir esa situación. Dudo que pueda. Porque Vox apela a un pasado nacional, y las causas determinantes de la actual crisis son de escala global. Y porque las habilidades gestoras y de gobierno de Vox son, en el mejor de los casos, una incógnita.
La cuarta cosa que no se entiende es que el PP, que tanto teme que Vox siga arañándole votos, le baile el agua y le dé poltronas, en lugar de evitarlo, como hacen la mayoría de partidos conservadores europeos con los grupos ultraderechistas. Hubiera sido mejor cortar relaciones de entrada que cultivarlas ante un horizonte de elecciones  autonómicas, municipales y generales, porque es sabido que el propósito de Vox es formar una gran alianza de sesgo ultraderechista en la escena estatal. ¿Va a jugar el PP a eso?

(Publicado en "La Vanguardia" el 17 de abril de 2022)