Del Ayuntamiento de Barcelona, como de cualquier otro, pueden decirse cosas buenas y cosas malas. Entre las primeras está que hace cuatro años, cuando Joan Subirats, hoy ministro de Universidades, ejercía como comisionado municipal de cultura, alumbró e impulsó la primera Bienal de Pensamiento (ignorando, por cierto, los poco pensados reparos que puso un concejal posconvergente). Este acontecimiento intelectual y ciudadano, en el que en el 2018 participaron en directo unas 20.000 personas, dejó imágenes como una plaza Joan Coromines abarrotada de participantes en charlas y debates. Otra cosa buena que puede decirse es que en el 2020 se celebró una segunda edición, desafiando las restricciones de la pandemia. Y una tercera cosa buena es que este año, desde el pasado martes hasta hoy domingo, la Bienal ha llenado de nuevo plazas y calles de la ciudad, con extensiones en València y Palma de Mallorca, nueva prueba de la pertinencia de la iniciativa.
Siempre fue muy recomendable pensar. En primer lugar, porque esa es una facultad de gran utilidad para andar por la vida sorteando percances y tratando de progresar. En segundo, porque el pensamiento es una actividad que puede abordarse, a diferencia de tantas otras, con casi completa libertad. Y, en tercero, porque, como sentenció Descartes (“cogito, ergo sum”), la condición humana se verifica gracias al pensamiento.
Siempre fue muy recomendable pensar. Y, ahora, más. Porque vivimos inmersos en una incertidumbre de muchas caras, entre las que destaca la cara abotargada y amenazante de Putin, flanqueado por su aparato militar y sus tambores de guerra. (“El sonido del tambor disipa el pensamiento –nos advirtió Joseph Joubert–. Es por ello que se trata de un instrumento eminentemente militar”). Y aún en el improbable caso de que este engendro del KGB (Putin) depusiera las armas, la incertidumbre persistiría, mostrándonos algunas de sus caras alternativas. Por ejemplo, la crisis climática, el acoso de los populismos a la democracia o la creciente desigualdad. O, por ejemplo, la extendida, omnipresente y muy dañina estupidez, que es fruto de la incultura y de unos tiempos acelerados y superficiales, en los que se ha olvidado que ya Cicerón llamaba estúpidos a quienes intentaban excusar un traspiés vital diciendo: “no pensé en esa posibilidad”.
Hay que pensar. Hay que fomentar y divulgar el pensamiento. Hay que hacerlo con amplitud de miras, orillando la tentación partidista. Por eso es importante que la Bienal aborde los debates actuales sin apriorismos ideológicos, fomentando el debate y la síntesis, no la doctrina. Hacerlo de otro modo podría llevarnos a dejar de decir cosas buenas del Ayuntamiento y a decir alguna mala.

(Publicado en "La Vanguardia" el 23 de octubre de 2022)