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Contra las dificultades

14.12.2012 | Crítica de arquitectura

Federación de Empresarios del Metal de Alicante.
Arquitecto: Javier García Solera.
Ubicación: Alicante. Polígono Agua Amarga. Calle Benijofar, 4-6.

A veces los proyectos que deben superar muchas constricciones llegan a una solución más feliz que otros que nacen con plena libertad. Por ejemplo, el Aulario III de la Universidad de Alicante, obra ya clásica de Javier García Solera. Situado en el peor rincón del campus, entre aparcamientos de automóviles, y construido respetando los pilares de unos almacenes que debían ocupar el solar, esta obra es un prodigio de relación interior-exterior y una auténtica fiesta espacial, gracias a sus siete volúmenes flotantes, entre árboles, atravesados por un único y agradable corredor: un paseo arquitectónico que no querríamos terminar. García Solera volvió a desafiar los contratiempos en el Edificio Marsamar, que ha entrado en servicio este otoño.

El encargo consistía aquí en asumir una obra ajena, cuando esta ya tenía construidas tres plantas subterráneas y una en superficie, y convertirla en algo mejor de lo que iba a ser. El arquitecto logró convencer al promotor -primer milagro- de que debía demoler parte de la planta baja, ceder muchos metros de superficie para abrir una plaza y ganar espacio público. Después colocó su construcción sobre el zócalo restante y -segundo milagro– definió un edificio de amables curvas, revestido con cristal y metal, materiales que García Solera trabajó con mucho empeño y delicadeza en busca de la ligereza. En la sede y centro de formación de la Federación de Empresarios del Metal de la Provincia de Alicante (Fempa), obra concluida hace dos años, García Solera debía enfrentarse también a algunas dificultades de salida: construir en un solar con fuerte desnivel, situado en un polígono industrial de arquitectura triste y/o desafortunada; verbigracia, una torre vecina inspirada -mal inspirada- por la demolida Pagoda de Miguel Fisac en Madrid. El primer problema lo resolvió encajando con mucha habilidad un programa complejo: seis talleres de formación con acceso por un nivel inferior, y un bloque más representativo, para oficinas, aulas y auditorio, situado encima de dichos talleres, con acceso por un nivel superior. El arquitecto optó aquí por sus características formas simples y rectilíneas, buscando generosas transparencias que permiten vistas al mar y proponiendo un notable voladizo. La distribución es un ejemplo de sencillez y buen sentido. El uso que se hace de los materiales metálicos, a modo de pavimentos o revestimientos de muros, es acertado y muy oportuno, en particular si atendemos al perfil del cliente. Y algunos elementos en cubierta, como los cantos rodados o la hierba artificial, actúan a modo de contrapuntos de la sinfonía metálica. En suma, un edificio funcional, de formas limpias y esbeltas, que contrasta y se distingue en un entorno industrial de escaso interés. Otra prueba exitosa de arquitectura que se crece al enfrentarse a lasdificultades.

(La Vanguardia, 14 de diciembre de 2012)

Foto Joan Roig