La sexta ola y la interacción social navideña han disparado los síntomas de covid y, con ellos, la compra de tests de antígenos. Son los más baratos, si los comparamos con los PCR. Pero en las farmacias españolas se han vendido a entre cinco y doce euros, cuando en las alemanas costaban uno, en Portugal dos y en Francia hasta tres. Portavoces del gremio de farmacéuticos atribuyen los precios locales a una demanda multiplicada por treinta, que habría disparado el coste de las importaciones. Vaya y pase. Pero es obvio que en otros países se planifica y negocia mejor que aquí. O se fabrica más.
Además de la subida de los precios, quizás deba preocuparnos la caída de la fiabilidad. Es peligroso para la confianza en la industria farmacéutica –me refiero ahora a los productores de medicamentos, no a los vendedores minoristas– que uno no pueda fiarse de un test de antígenos. Si sale positivo, sí. Si sale negativo, no. O no, al menos, hasta que pasa una semana desde el contacto con un infectado y se acumulan varios negativos. ¿Debe pagarse por un test tan poco fiable?
Hablemos ahora de las vacunas contra la covid. Hace más de un año que se administraron las primeras dosis en España y vamos ya por las terceras. (En Israel van por las cuartas). Lo cual nos invita a preguntarnos por la efectividad de la vacuna. Nada más lejos de mi intención que alimentar las teorías negacionistas. Pero sabemos que diversas vacunas, la de la gripe, por ejemplo, requieran una única dosis anual. Y que las que exigen más –en el caso de la polio son tres– a menudo garantizan protección de por vida. ¿Ocurre algo de eso con la de la covid? No. Y además nos advierten que, pasadas diez semanas, la tercera dosis pierde efectividad.
Es verdad que la carrera de la vacuna contra la covid fue contra reloj y se abrevió el período de pruebas al uso. La urgencia global así lo pedía. Pero cabe preguntarse si durante un 2021 de producción e inoculación masivas se ha trabajado, sin pausa y con buen resultado, para mejorar la efectividad de las vacunas. Si se ha hecho, no nos hemos enterado. Si no se ha hecho, o no con éxito, la industria farmacéutica acabará teniendo problemas de credibilidad que indirectamente abonarán las tesis de quienes, ignorantes e insolidarios, demonizan las campañas de vacunación.
En general, el operativo global contra el virus ha reforzado nuestra confianza en el sistema sanitario. Pero la fatiga acumulada, los test imprecisos y unas vacunas perfectibles abren la puerta a la desconfianza. Hay que pedir resultados más sólidos a las farmacéuticas, engrasadas con la venta de los 12.000 millones de dosis fabricadas en el 2021, y pronto con la venta de los 24.000 millones previstos hasta junio. Se preguntaba Juvenal, hace dos mil años: ¿Quién vigila a los vigilantes?

(Publicado en "La Vanguardia" el 9 de enero de 2022)