La mejor manera de superar un error es reconociéndolo, aprendiendo de él y evitando repetirlo. Ignoro si el cesado presidente Puigdemont admite errores propios en el proceso independentista que encabezó con temeridad y que ha llevado Catalunya de vuelta a la preautonomía, a su Govern a la cárcel o al exilio, y a su economía a un  descalabro con final en Madrid. Pero para alguien imparcial está claro: el balance de su gestión al frente de la Generalitat es negativo y aconseja relevarle. No digo que todos los errores fueran atribuibles a Puigdemont. Pero, dada su posición, algunos sí lo fueron. Y no deberían repetirse.
Dentro de ocho días arrancará la campaña del 21-D. La sociedad catalana la afrontará en baja forma, fatigada e irritable, dividida y polarizada. Pero quien desde Bruselas se reclama presidente del Govern “legítimo” de todos los catalanes la encara como si el grave retroceso colectivo no hubiera existido. Como si ignorara que miembros de su destituido Govern asumen o acatan desde la cárcel el artículo 155 (con el comprensible deseo de recuperar la libertad, pero también con lo que tiene de aceptación del orden constitucional y postergación del indepe). Entre tanto, en su huida hacia delante, el obstinado Puigdemont ha improvisado una lista electoral propia, bautizada como Junts per Catalunya (pese a que ERC no va en ella y el PDECat queda relegado), y la ha arropado con tuits en los que ataca el 155 y jalea la independencia y la república catalana. 
En esa lista, dando un nuevo giro populista, ha colocado a celebridades locales de acreditada trayectoria en, por ejemplo, la ilustración de libros infantiles o la natación sincronizada, pero no en la gestión del país. (La conveniencia de nutrir las listas con ciudadanos cualificados para la cosa pública es clamorosa. ¡Los famosos a la tele!). Entre los actos de campaña se incluye, el 7 diciembre, una manifestación independentista en Bruselas, ciudad a la que escapó Puigdemont y desde la que desea internacionalizar su causa. Como si no fuera sabido, y de lógica aplastante, que la Unión Europea aprecia a quienes se acercan a ella para colaborar en su construcción con la misma intensidad que rechaza a quienes le piden apoyo para su división. El independentismo, abstraído en su quimera, no se da cuenta de que obtener mejoras del Estado español sin esperar a la ocasión propicia es muy difícil, ni de que enfrentarse a Europa es un dislate suicida.
Decía Marco Tulio Cicerón que todos los hombres pueden errar, pero sólo los insensatos persisten en la equivocación. Puigdemont debería medir ahora muy bien cada paso, porque son muchos los dispuestos a seguirle acríticamente, llevados por el sentimiento más que por la razón y la cuenta de resultados, convencidos de que el desaire de Madrid todo lo justifica. No es así. Si se empecina, Puigdemont causará más daño que beneficio. Lo dice el centralismo, pero también ese 60% de los catalanes que opina que el proceso ha perjudicado a Catalunya. No se le pide al expresidente que renuncie a su sueño, sino que admita que atropellando al país, olvidándose de la mitad de él y ninguneando a la oposición como se hizo no se va lejos. No le sugerimos que ceda terreno al rival, sino que evite que la propia contumacia le exilie en la irrealidad. Hay pruebas de que eso ya ocurre. Puigdemont no debería atribuir, como hizo, a la represión policial del 1-O que Barcelona perdiera la sede de la Agencia Europea del Medicamento, cuando fuentes comunitarias apuntan a la incertidumbre generada por el soberanismo como factor clave, sin olvidar los méritos de otros destinos. Quizás piense que cohesiona a los suyos. Pero así no sumará nuevos apoyos. Sabe bien que sin ellos esta campaña será un nuevo fracaso. Y que abocará a unos y a otros, el 22-D, a orillar la unilateralidad (ERC y PDECat ya lo asumen), hablar, pactar y congelar por un tiempo el despecho. El país no puede instalarse sine die en la reivindicación soberanista a la brava sin dilapidar su capital restante. Lo que ahora toca no es plantear la campaña con el agravio por bandera, como si nada se hubiera roto y nada hubiera que recomponer. Lo que ahora toca es sumar apoyos, como pide Junqueras, porque los actuales son cortos. Ni así es probable que se produzcan grandes cambios de mayorías el 21-D. Pero sí es imprescindible un cambio de actitud. El futuro Govern no debe ser un órgano propagandístico de parte, sino un potenciador del bienestar colectivo. Lo prioritario, gane quien gane, es una labor impecable del Ejecutivo. Sólo así tendría sentido, si se lograra una mayoría cualificada en buena lid gubernamental, no con fantasías, pedir reformas estructurales. 
El error goza de buena prensa. Los científicos lo tienen por antesala del acierto. La equivocación reiterada es otra cosa. Catalunya no puede ser un laboratorio de pruebas con final previsible y fallido. Quien la respete no la abonará a la equivocación.

(Publicado en "La Vanguardia" el 26 de noviembre de 2017)