Con lo “cool” que era Apple

11.09.2016 | Opinión

Tim Cook, sucesor de Steve Jobs al frente de Apple, calificó días atrás de “pura basura” la iniciativa legal europea que podría costarle a su firma 13.000 millones en tasas impagadas. Apple, que ha revolucionado la telefonía, los ordenadores y las tabletas, tiene una imagen de lo más cool (fresca, chula, guai). Sin embargo, su jefe acaba de largar como un carretero. Acaso porque ya no hablaba de electrónica de consumo convertida en signo de estatus, sino de lo mucho que gana.

Las grandes multinacionales suelen saber algo de ingeniería financiera, ideada para ahorrarse dinero tributando en paraísos fiscales. En el caso que nos ocupa, el elenco reúne a tres actores: Apple, Irlanda y Europa. Atendiendo a su valor –488.000 millones de euros– Apple es la primera empresa del mundo, y eso la animaría a ser también la que más se ahorra en impuestos. Por ejemplo, tributando parte de sus ganancias en Irlanda.

Tras su verde y hermoso rostro, Irlanda, el segundo actor, ampara una legislación de paraíso fiscal, tipo Bermudas. A cambio de inversiones y creación de empleo, Irlanda permitió en el 2014 a Apple tributar sólo un 0,005% de sus beneficios. Se trata de un porcentaje ofensivamente inferior al que pagamos las llamadas personas físicas. Y es la razón última por la que ahora Europa, tercer actor en liza, en pos de una distribución de la carga fiscal más justa, le exige a Irlanda que cobre a Apple esos 13.000 millones.

Operando entre bambalinas hay un cuarto actor: EE.UU., que permite a sus empresas aparcar en el extranjero beneficios, libres de impuestos mientras no los repatrien, confiando en que tarde o temprano vuelvan al país. Y las empresas se dejan cortejar, a la espera de una amnistía fiscal, como la del 2005. Es lógico, pues, que Europa se haya quedado sola ante Apple, Irlanda y EE.UU.: la empresa no quiere pagar unos impuestos que ya creía haberse ahorrado, Irlanda no quiere perder inversiones ni su rol de paraíso fiscal, y EE.UU. puede ver esfumarse, si Europa se sale con la suya, unos impuestos que algún día esperaba percibir.

Vivimos en un mundo globalizado, con creciente desigualdad. La globalización no tiene marcha atrás: las comunicaciones y los flujos migratorios la impiden. La desigualdad sí debería tenerla: si avanza más se puede ir todo al traste. La Unión Europea, aunque achacosa, es el mejor instrumento a mano para evitarlo: no hay que dividirla más, sino fortalecerla. Por ejemplo, con esta nueva política fiscal. Porque es ridículo que asalariados lleguen a tributar más del 50% de sus ingresos mientras algunas multinacionales pagan sumas de risa. Porque es ridículo que Apple nos diga que crea riqueza y empleo en Irlanda, cuando distrae fortunas que Europa podría dedicar a gasto público. Y porque es ri-dículo que los países avanzados todavía no hayan unificado su fiscalidad, mientras la ingeniería financiera sigue beneficiando al pez grande a costa del interés colectivo.

 

(Publicdo en “La Vanguardia” el 11 de septiembre de 2016)