Junts per Catalunya tiene prevista mañana una reunión de su ejecutiva, para trazar las líneas de acción del partido en el nuevo curso. Esto es algo siempre oportuno, y más ante una rentrée que empieza con graves problemas, como la inflación desbocada y la crisis energética, y que además acabará con elecciones municipales en primavera. Pero es probable que este temario urgente se vea alterado en la ejecutiva de Junts por el debate derivado de las diferencias en su dirección, donde la presidenta, Laura Borràs, y el secretario general, Jordi Turull, defienden líneas de acción divergentes. Pragmática la de él, confrontativa la de ella.
Estas diferencias se hicieron evidentes una vez más a raíz del homenaje a las víctimas del 17-A, donde Borràs buscó protagonismo político de modo indecoroso, al empatizar con quienes habían boicoteado el acto, en lugar de afearles su conducta. Hay un día para cada cosa, y el 17-A no era el adecuado para cacarear teorías conspirativas ante los familiares de las víctimas, transidos por el dolor. Borràs, a piñón fijo, no tuvo la sensibilidad mínima en tal coyuntura, y con eso está casi todo dicho.
No hace falta ser constitucionalista para defender este punto de vista. Las críticas a Borràs arreciaron en todos los partidos. Incluidas la del presidente de la Generalitat, que es de ERC, y la de la mayor parte de la cúpula de Junts. Pero Borràs, formada en la escuela de Puigdemont y de Torra, evitó cualquier auto­crí­ti­ca. A efectos prácticos, desconoce la existencia de esta variedad de la crítica. Sus prioridades son otras, y entre ellas prima el deseo de darse baños de masas que realcen su figura.
Bien, decir baños de masas quizás sea excesivo. Sería más exacto decir baños de minimasas. Ya sea ante el Parlament, en las protestas de la Meridiana, en las relacionadas con sus enredos judiciales o en la Universitat de Prada, donde esta semana disparó contra partidos y Govern, como si ella fuera la única alternativa (pese a que su minimasa de la Rambla, que tanto dio que hablar, contó solo con unas pocas decenas de exaltados).
Hay que decir en su favor que acude siempre a estos saraos vestida de domingo y repeinada, calzando zapatos con alzas para incrementar su notable talla y su visibilidad; y que cuando advierte la presencia de reporteros gráficos sonríe de inmediato, como si se activara en ella un resorte automático.
Pero hay que añadir en su contra que, al abundar en tales conductas, Borràs se está convirtiendo en un paradigma de lo que entendemos por peso muerto: ese tipo de persona que impide o dificulta el funcionamiento o la consecución de algo. Pasando de la teoría a la práctica señalaremos que, en la Rambla, Borràs contribuyó a deslucir un acto que debía estar presidido por el respeto. En Junts, como ya se apuntó, prefiere la defensa de sus aspiraciones personales sobre la estrategia posibilista del partido. En el Parlament, se niega a reconocer la autoridad de la Mesa que la ha suspendido como diputada y presidenta de la institución, alterando su funcionamiento, al anteponer de nuevo su interés particular, esta vez al de una Cámara que debe estar al servicio de todos los catalanes. En Catalunya, diez años después de que se iniciara un procés fallido, Borràs trata de capitanear aún a los partidarios del bloqueo, obstaculizando toda política que no coincida con la suya y con la de sus minimasas.
Nada indica que Borràs vaya a cambiar de actitud en breve. Dentro de quince días llegará el Onze de Setembre; dentro de un mes, las conmemoraciones del quinto aniversario del 1-O, y dentro de mes y medio, las de la fugaz declaración de independencia. Me atrevo a pronosticar que Borràs volverá a aprovechar estos aniversarios para tratar de rebañar protagonismo político, sonriendo a los suyos y regalándose con sus gritos de “presidenta, presidenta”. Gritos que son música para sus oídos, pero también una expresión patética para cuantos creen que alguien procesado por prevaricación y falsedad documental, y dispuesto a pasarse por ahí el reglamento, no debería hacer tanto ruido ni ir de líder providencial.
Nadie quiere arrastrar pesos muertos. Pero eso exige actuar. La justicia y el Parlament lo están haciendo. Junts también debería hacerlo: esa mayoría de catalanes que ve languidecer el país debido al bloqueo no se lo reprocharía.

(Publicado en "La Vanguardia" el 28 de agosto de 2022)