Uno de los temas más sobados del articulismo dedicado al rock es el de la desaparición de algunas de sus estrellas a los 27 años. Es probable que el inminente 50 aniversario de la muerte de Jim Morrison (se cumplirá el sábado que viene) y el décimo aniversario –¡diez años ya!– del fallecimiento de Amy Winehouse (el 23 de julio) propicien otra avalancha de textos glosando esas vidas fugaces, de combustión rápida. Y, por si no fuera así, aquí va mi contribución.

Brian Jones, uno de los fundadores de los Rolling Stones, se ahogó en su piscina tras ingerir alcohol y drogas en 1969, a los 27 años. Jimi Hendrix murió ahogado en su propio vómito, tras trasegar whisky y barbitúricos, en 1970, a los 27 años. Janis Joplin se inyectó heroína, se cayó, se dio de bruces con la mesilla de noche y fue hallada sin vida a la mañana siguiente, un día de 1970, a los 27 años. Jim Morrison falleció por sobredosis de heroína en 1971, a los 27 años…

La cosecha de jóvenes cadáveres rockeros fue entre 1969 y 1971 memorable. Pero la lista no se ciñe a esos años. Se suele citar como pionero a Robert Johnson, rey del blues del delta del Mississippi –cuyas canciones Love in vain y Stop breaking down cantaron por cierto los Stones–, al que le pusieron estricnina en el whisky  tras tontear con la dueña de un club, en 1938, a los 27 años. Y, en tiempos recientes, se sumaron a esta orla trágica Kurt Cobain, también heroinómano, que se suicidó en 1994, a los 27 años. O Amy Winehouse, adicta al crack y al alcohol, que hizo además bandera de su rechazo a la desintoxicación en la canción I don’t want to go to rehab, e incluso se exhibió robando copas a cuatro patas en bares caribeños, hasta palmar en el 2011, a los reglamentarios 27 años. Y, junto a todos ellos, hubo otras estrellas de menor brillo, privadas de sitial preferente en el club de los 27, del que sin embargo son miembros de pleno derecho, tras excederse como el que más y diñarla pronto.

Los finados aquí reunidos fueron artistas de gran talento musical e influencia, voces legendarias, instrumentistas revolucionarios, renovadores del rock. Fueron también víctimas de las adicciones, de la soledad, de la inmensa fatiga –del mundo y de uno mismo– acumulada en carreras tan fulgurantes como desaforadas, también de los accidentes y de cierto malditismo, causas principales de estas muertes prematuras. Pero acaso no exentas de cierta lógica: la de las vidas aceleradas y las combustiones rápidas, aquellas que producen mucho calor, mucha luz, un fuego deslumbrante y, a veces, acaban en súbita explosión, mucho antes que las existencias comunes.

Sí, el club de los 27 es un tema socorrido del articulismo rockero. Pero se redime por lo que tiene de invitación a volver a escuchar a unos autores excepcionales, cuya música, años después de sus adioses, conserva hoy toda la vida y la intensidad del primer día que la escuchamos.

(Publicado en “La Vanguardia” el 27 de junio del 2021)