“Charlie Hebdo”

23.09.2012 | Opinión

Charlie Hebdo dijo adiós a Georges Pompidou, cuando murió en abril de 1974, con una portada en la que aparecía su caricatura tachada con un aspa roja y el titular “Plus jamais ça!”. No fue un modo muy respetuoso de despedir al presidente de la República Francesa. Pero este semanario satírico nunca ha querido parecerse a los periódicos que sólo publican obituarios laudatorios. Lo suyo es reírse de los protagonistas de la actualidad, vivos o muertos, sin distinción de credo, sexo, edad o ideología.
Y, de paso, defender con algo más que palabras la libertad de expresión, asumiendo en esta tarea riesgos y, a veces -¡ay!-, proyectándolos sobre otras personas o entidades. La revista parisina ha vuelto a situarse esta semana en el ojo del huracán. El miércoles publicó caricaturas de Mahoma, siguiendo la estela informativa del filme norteamericano La inocencia de los musulmanes, que ha despertado la ira asesina de no pocos fundamentalistas. Digo asesina porque su protesta contra el filme acabó con el asalto a la legación de EE.UU. en Bengasi, y este con la muerte del embajador y otros tres funcionarios. Considerando estos precedentes, Francia ha decretado el cierre preventivo de sus escuelas, centros culturales y oficinas diplomáticas en veinte países árabes. El caso invita al debate. Para algunos, la libertad de expresión es una conquista irrenunciable. Para otros, la ofensa a una religión es inadmisible. Y, como telón de fondo, tenemos una historia de las relaciones entre Oriente y Occidente plagada de cruzadas, guerras y atentados. Esta tónica tuvo sus paréntesis. Pero con los flujos migratorios del Magreb hacia Europa y, después, con internet, la cosa se ha complicado. En un Estado como el francés, celoso defensor de sus libertades y de su laicidad, el choque está cantado. Y ahora que cualquier mensaje llega a todas partes de inmediato -y que la web de Charlie Hebdo puede ser bloqueada, como acaba de ocurrir, desde Pakistán-, más. No cabe, pues, mirar a otro lado. Yo soy partidario sin reservas de la libertad de expresión, incluida la del dibujante más grosero, aunque prefiero a los sutiles. Añado que es muy improbable que un país moderno como Francia quiera regirse por el Corán (que data del siglo VII). Que no es equitativo ni justificable responder al dibujo o la película de un particular con ataques mortíferos contra representaciones diplomáticas de su nación. Que no tiene pase que la policía de los países en los que se producen esos disturbios los tolere. Que, aun comprendiendo las llamadas a la prudencia del gobierno francés a Charlie Hebdo, cualquier censura a este medio va contra el espíritu de las leyes, sobre todo si se alcanza usando la intimidación y la violencia. Y, en suma, que no procede pedir respeto para el profeta y, al tiempo, alentar asesinatos o atentados incendiarios, como el que sufrió Charlie Hebdo hace un año. Pero, claro, cada cual actúa según es.