Cenizas y rescoldos

21.04.2013 | Opinión

Si fuera arqueólogo, el yacimiento de mis sueños sería la Villa de los Papiros de Herculano. En dicha villa, cubierta por las cenizas del Vesubio en el año 79, hace casi dos milenios, siguen sepultados unos dos mil papiros. Formaban parte de la biblioteca de Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, suegro de Julio César, y se cree que contienen tesoros perdidos de la cultura clásica. Los rollos de papiro están medio carbonizados, pero los arqueólogos dicen que son legibles, que su contenido es recuperable, aunque la excavación avanza con lentitud enervante.

Comprendo que el colmo de la felicidad de un egiptólogo sea descubrir una tumba real intacta y rebosante de antiguallas: momias, joyas, estatuillas, tarros con perfumes y demás parafernalia funeraria. Pero para otro tipo de investigadores la posibilidad de escarbar y desenterrar obras literarias o filosóficas del pasado debe ser algo incluso más excitante; tan excitante, por ejemplo, como sería para un gourmet quedarse encerrado varios días en su charcutería preferida. ¿Cuántos papiros de Herculano hubieran merecido un lugar en la selecta biblioteca de Montaigne, si en su día no se hubieran dado por perdidos?

Esta doble idea de clasicismo y selección, de destilado de saberes, planea sobre la última obra del ensayista George Steiner, titulada “Fragments (d’un pergamí malmès pel foc)”, recién editada por Arcàdia. Digo doble idea porque Steiner trenza el supuesto hallazgo en una villa de Herculano de un viejo pergamino chamuscado con una sintética aproximación a ocho de los temas que más han estimulado su inquietud intelectual. A saber: la luz y la oscuridad, la amistad y el amor, el talento, el mal, el dinero, Dios, la música y la muerte.

La concisión de este pequeño volumen –79 páginas– lo libra del punto prolijo y del tono “estupendo” de otros ensayos más densos del autor. Aquí nos saluda un Steiner muy destilado, capaz de quintaesenciar un título clásico en una frase, de reducir a pinceladas sus oceánicos saberes y de introducir ideas de su cosecha muy sugerentes. De hecho, Steiner elucubra sobre lo que la luz debe a la oscuridad; se exalta ante la desigual distribución del talento; asocia sin ambages el mal al ser humano; habla del dinero como de un virus recurrente; sostiene que no hay pruebas de la existencia de Dios ni de su inexistencia; se maravilla de los efectos de la música sobre la voluntad, la templanza y la moral; y describe con precisión repulsiva las miserias de la vejez, para concluir con una elegía al derecho a decidir… el propio final.

Uno puede estar más o menos de acuerdo con los criterios de Steiner. Pero constituye un alivio pensar que no todo el saber clásico que aparece hoy en la prensa es el reducido a cenizas de Herculano; que pervive también en mentes claras como la del octogenario Steiner, un rescoldo de saber vivísimo, en perfecto estado de interacción y revista.

(Publicado en “La Vanguardia” el 21 de abril de 2013)