Carne y pescado

30.09.2012 | Opinión

Miguel Arias Cañete, ministro de Agricultura, Pesca y Medio Ambiente, se ha enfadado con Greenpeace por su campaña contra la sobrepesca. En ella, Arias Cañete aparece retratado en un fotomontaje ante una enorme fuente de pescado. Su boca abierta y el hecho de que sostenga cerca de ella un tenedor con un pez ensartado nos sugiere que se dispone a dar buena cuenta del festín. A su lado, un niño ante un plato vacío encarna a las futuras generaciones.
Y el diáfano lema “Los peces gordos de hoy se reparten el pescado de mañana” remata el mensaje ecologista de Greenpeace alertando sobre los riesgos de la sobreexplotación de los mares. El anuncio es de una contundencia rayana en la demagogia y, por tanto, muy efectivo. El ministro, contrariado, lo ha calificado de zafio. No es de extrañar, porque llueve sobre mojado. A este paso, y a no ser que liberalice la Ley de Costas -como anunció tras tomar posesión de su cargo- lo suficiente como para asfaltar todo el litoral patrio, nuestro hombre puede pasar a la historia como el ministro tragón. Me explicaré. Entre el 2000 y el 2004, como titular de Agricultura, Pesca y Alimentación del gobierno Aznar, Arias Cañete tuvo que lidiar con la crisis de las vacas locas. A su entender, la mejor manera de convencer a la población acerca de la inocuidad del vacuno (y de paso evitar que el sector ganadero se hundiera) fue fotografiarse comiendo ternera. Día sí, día también. La prensa lo mostró de visita en una industria cárnica dándole al chuletón, degustando taquitos de buey estofado o zampándose un filete en un restaurante. El apetito del ministro era inagotable. Su desafío al colesterol, heroico. Escribí entonces que Arias Cañete parecía llevar un tenedor en el bolsillo donde otros llevamos un bolígrafo. Y que, nada más divisar un trozo de carne, ya lo desenfundaba. Aquella pasión carnívora, unida a su actual voracidad piscatoria, a un físico opulento y a un rostro sonrosado, pueden ser veneno para la imagen del ministro. Sobre todo, en tiempos de recortes sociales y pobreza rampante. Poca broma. Habida cuenta de que los políticos cuidan su imagen con tanto o más celo que los intereses de sus votantes, Arias Cañete lleva rumbo de colisión. La imagen del hombre público es a menudo un escaparate bello, deslumbrante, que cada cual -desde el ministro hasta la cantante de moda o el futbolista- diseña con esmero para agradar a sus congéneres. Pero la imagen de la figura pública. como bien saben en Charlie Hebdo, puede ser también un campo de batalla. Basta que la retoquen sus oponentes, o la crisis. Y eso es lo que le pasa ahora a Arias Cañete, que no puede sino esperar a que amaine el temporal, o ponerse a dieta, mientras reza para que a nadie se le ocurra airear su vinculación con el mundo vinícola andaluz. Carne, pescado y vino de Jerez: esa imagen ya sería demasiado, incluso para su ancho y bien nutrido body.