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Buscando el lado bueno

27.12.2013 | Crítica de arquitectura

La sede del DHUB no trabajará a pleno rendimiento hasta finales de 2014. Pero este singular edificio, proyectado por MBM (Martorell, Bohigas, Mackay, Capdevila y Gual) en un lejano 2001, está ahí desde hace tiempo, rindiendo pleitesía al viaducto circular de Glòries (ahora condenado al derribo). Y, últimamente, ha ido albergando actos y entidades, lo que permite hacerse ya una idea de cómo funciona.

Al igual que los icebergs, esta obra sólo exhibe (vista desde Glòries) una parte de su volumen. Ello se debe, en alguna medida, a que debía resolver las importantes diferencias de cota del solar, que son también las de las zonas de Glòries y de La Llacuna, aquí colindantes pero a distinta altura. Con buen criterio, y para mejor relacionar las dos áreas, los arquitectos dividieron la obra en dos cuerpos, que se reparten el 75% y el 25% de los 25.000 metros cuadrados útiles. Uno de ellos, enorme, hace las veces de largo zócalo, cubierto de hierba ante Diagonal y enfrentado a una lámina de agua en la fachada trasera. El otro, dispuesto transversalmente sobre el primero (y sobre el eje de la calle Àvila), presenta una forma que le ha valido el mote de “la grapadora”.

Al primer edificio se accede desde Glòries por un escaso vestíbulo abocado a una larga escalera que desciende al nivel de la calle Àvila. Se obtiene así un tramo callejero a cubierto que enlaza dos barrios, con las ventajas que esto supone para la ciudad, pero no necesariamente para el edificio. Esta pieza alberga en su interior espacios inmensos, sin personalidad, aptos para eventos varios e iluminados cenitalmente por seis lucernarios cúbicos. Y, también, la Biblioteca Josep Benet y las oficinas del Museu del Disseny, el FAD y el BCD. Estas últimas han sido graciosamente compartimentadas por Jordi Badia y luego tapizadas con papel pintado; y, pese a la reputación de este recurso, resultan acogedoras.

El segundo edificio del DHUB, que es el superior y más visible, y que comparte acceso con el primero, incluye un auditorio (cuyo patio de butacas inclinado coincide con la sección picuda de fachada) y varias plantas para museo. Adosada a este cuerpo se yergue una gran caja acristalada que yuxtapone tramos de escalera mecánica en su interior amarillo.

Este edificio sugiere en su conjunto voluntad icónica, escultórica. Ocurre a veces que las esculturas tienen lados más agradables de ver que otros. Pero en esta “escultura” los he buscado y no los he sabido encontrar. Es un volumen anguloso, cortante, con oscura piel de zinc. Visto desde la base de torre Agbar, sus dos fachadas en voladizo dibujan el estribor de un barco frankensteiniano: proa de lancha rápida y popa de “glass bottom boat”. Por babor, la impresión no mejora, dada la caja de escaleras. Y visto desde Diagonal, al otro lado de Glòries, el edificio engorda.

La exigencia normativa era que esta torre tuviera huella mínima, para liberar espacio público a su alrededor. Eso ha obligado a extender sus voladizos para ganar metros, y ha condicionado la forma. Hubiera sido preferible disponer de unos metros más en planta –a costa de otros de espacio público, que en el conjunto de Glòries no deberían escasear– y lograr otro perfil. Un perfil que no aumentara el guirigay expresivo de aquel enclave ciudadano y, de paso, constituyera un mejor reclamo para las piezas que, como museo del diseño, contendrá.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 27 de diciembre de 2013)