Británicos y españoles

10.02.2013 | Opinión

Si quedaban dudas respecto a las diferencias entre el sistema político británico y el español, esta semana se han disipado. Estamos hablando de dos monarquías parlamentarias, pero con culturas democráticas en distinta fase de desarrollo: una, aunque lejos de ser perfecta, ya es adulta; la otra está en la edad del pavo y no nos ahorra desplantes. Mientras aquí asistíamos incrédulos a un recital de negaciones sobre los papeles de Bárcenas, a cargo del orfeón popular situado bajo el ominoso foco de la corrupción (pero aferrado al cargo), en Gran Bretaña el ex ministro Chris Huhne ha admitido su culpa y se ha caído con todo el equipo.

En el caso de Huhne no hubo, como por aquí, sobres con dinero negro ni sueldos bajo mano similares a los que planean sobre la “crème” del partido gobernante. El delito de Huhne consistió en conducir su BMW a 69 millas por hora en un tramo de velocidad limitada a 50, ser multado por ello, decir que conducía su esposa, endosarle los tres puntos con los que fue penalizado y, luego, negar que había hecho tal cosa. El infractor Huhne rechazó una y otra vez su trampa. Hasta que el pasado lunes, quizás abrumado por su propia mentira, o sintiéndose ya acorralado, se declaró culpable, asumiendo que podría ir a la cárcel por ello y dando por finiquitada, ya para siempre, su carrera política.

Huhne no es un cualquiera. Fue ministro de Energía y Cambio Climático, responsable de algunos de los principales avances logrados por Gran Bretaña en esta materia. Parecía llamado a más altas responsabilidades. Pero Nick Clegg le ganó en su día el liderazgo de los Liberal Demócratas en ajustada elección. De ahí que la prensa inglesa haya suspirado aliviada, tras figurarse la debacle a la que asistiría ahora si aquella votación hubiese favorecido a Huhne, y hoy se estuviera enfrentando a su desgracia desde el cargo actual de Clegg, que es la de vice primer ministro británico. O sea, dando por supuesto que un vice primer ministro que miente, aunque sea sobre su carnet por puntos, no merece seguir en el cargo ni en la escena política, porque ha traicionado la decencia que se le supone, particular y colectiva, y no es apto para la función pública.

Hace años que muchos políticos españoles, de todo signo, viven instalados en la indecencia. Se mueven ignorando los principios de igualdad y de ejemplaridad. Por no hablar de otros principios, más de los que caben en este recuadro. Creen que su posición les sitúa por encima del resto de los mortales y de las obligaciones legales. Creen que pueden responder a acusaciones graves, tipo la del caso Bárcenas, como si en lugar de ser los primeros obligados a rendir cuentas jugaran a frontón; como si no tuvieran que devolver hasta el último euro obtenido irregularmente; y como si, al final, no estuvieran predestinados a desaparecer, tarde o temprano, por el deshonroso agujero que le están practicando al sistema.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 11 de febrero de 2013)